Él era su medio limón.
Juntos podían hacer limonada, viajar a la luna, volverla de queso o merengada, ir de paseo, soñar despiertos, atravesar sendas de miedo y hacer todo eso siempre con ácido humor.
También podían amargarse la vida con pleitos superfluos, llenos de orgullos, sinrazones y críticas ácidas.
Pero '¡ay!', si aquellas discusiones se les iban de las manos y se volvían agrias...
Ella, enfurruñada, se metía en la nevera; él, lloroso, se escondía en un armario.
Así pasaban las horas cítricas hasta que uno, u otro, o ambos, se buscaban como quien no quiere la cosa.
Casi siempre era él quien daba el primer paso.
Y es que ella era su limón y medio.
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