La casa abandonada de la colina en la que siempre era de noche, tenía un único habitante.
Su refugio era un armario destartalado, el último mueble que quedaba en pie dentro de la fantasmagórica vivienda.
Vagaba por cada rincón, alimentándose de los recuerdos que a veces le asaltaban sobre un libro y que crecían en medio del moho de las esquinas.
El olvido -o la ignorancia- sobre la realidad de su existencia era crucial para que continuara recorriendo las habitaciones vacías como si se tratara de las calles abarrotadas de cualquier urbe.
Inmerso en su locura era incapaz de saber que su errante ser habitaba dentro de la ilustración de la tapa del mismo libro de sus recuerdos. Y que lo único que indicaba su presencia en aquella imagen era su sombra.
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