La lluvia de palabras cesó y la laguna creativa no tardó en secarse.
Nadie pareció darse cuenta, pero no le dio importancia y se metió de vuelta en su armario.
Alguien liberó al barquero del barro en el que encalló su barca, pero no tardó en volverse a hundir.
Una puerta se abrió en el horizonte y el cosmos asomó desordenado.
Cualquiera podría comprender las señales que provenían de las mascotas, pero no su idioma que era emocional y ronco.
El susurro del cosmos gritó desde su oscuridad y finalmente, de la nada, brotó tinta del agrietado desierto.
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