No había razón para desesperarse, pero el vagabundo buscador de sueños se sintió descorazonado.
Se sentó en el suelo del callejón en el que solía refugiarse, frente a la maleta-armario que normalmente llevaba arrastrando.
La tenía atada a un par de patinetes. Arregló las ataduras de tal manera que el mueble nunca perdía el equilibrio.
Pero los patinetes no estaban y los cajones del mueble estaban abiertos y vacíos.
«No hay razón para desesperarse», se decía una y otra vez, al compás del vaivén de su torso.
Aquel era un movimiento inconsciente que hacía cada vez que necesitaba tranquilizarse.
«No hay razón para desesperarse», dijo una última vez antes de echarse a llorar.
Estaba desconsolado.
Alguien le acababa de robar todos los sueños que recolectó con ilusión durante años, siglos de perseverancia en su búsqueda.
Lloró tanto que se quedó dormido, arropado únicamente por sus harapos.
El sueño que tuvo fue revelador.
El armario se convirtió en un barco a vela volador.
Él estaba sentado dentro de un cajón contando sueños inalcanzables.
Una voz le susurró al oído diciéndole que todos esos sueños se estaban haciendo realidad.
Entonces, se dio cuenta de que el barco estaba sobrevolando una casa en la montaña desde la que se veía el mar.
Despertó.
El hombre tenía la cabeza apoyada en la ventanilla del avión.
Se quedó dormido con la mochila sobre su regazo y con la mano metida en él.
Estaba agarrando la caja de puros en la que guardaba sus proyectos.
Respiró aliviado.
Estaba orgulloso de sí mismo porque había logrado desarrollar un par de ellos y seguiría con los demás. Sólo era cuestión de volver a empezar.
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