Ella solía dormirse con la
esperanza de despertar en el mundo al que pertenecía.
Lo recordaba vagamente,
como si se tratara de un sueño de antaño.
Había una imagen que se repetía
constantemente en su imaginación: un desierto, el cielo azul, el sol pegando
fuerte y ella viajando en un jeep.
Veía su cabello rubio volando con el viento
que rozaba su piel, un vestido de flores, el tatuaje de su tobillo. Percibía la
velocidad, el ruido del motor, la arena levantándose al paso del vehículo.
Siempre
que veía esa imagen le quedaba la sensación de que al lado había alguien más,
pero era incapaz de ver el rostro de su acompañante.
Entonces el recuerdo se
hacía borroso.
Despertaba sobresaltada pero se quedaba quieta.
Había aprendido
a dormir dentro del armario y ya no se golpeaba la cabeza cada vez que un sueño
la impulsaba a sentarse.
Al menos allí dentro no estaba sola, pero ella
prefería no mirar el aspecto que tenía su eterno acompañante.
Se giraba hacia
el otro lado, se movía hasta encontrar postura dentro del mueble que hacía de sarcófago y volvía a
dormirse con la esperanza de despertar en el mundo al que ella no quería dejar
de pertenecer.
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