La florecilla feliz se pegó un auténtico batacazo.
Bailaba en su tiesto de plástico, movida por la energía que le transmitía su pequeño panel solar, cuando un frenazo la sacó de su base y salió disparada. Fue a estrellarse contra el cristal trasero del vehículo y cayó sobre la tapa cubre-maletero.
Lo que le quedaba de energía era menos que poco, pero logró levantar la cabeza y fijó la mirada en su base antes de entrar en un sueño profundo.
Estaba en el campo, cerca de un árbol y rodeada por florecillas de distintos tamaños y colores que bailaban movidas por el viento. Quiso hablarles, contarles que le dolía un pétalo por el golpe, pero ellas la ignoraron.
No sabía si se había expresado de una forma equivocada, si había sido grosera o si su sonrisa pintada sobre su carita de plástico no les resultaba agradable.
Lejos de amilanarse, respiró coraje y con determinación se puso en pie. Iba a reclamar su lugar dentro de aquella existencia.
En ese momento sintió que se elevaba por encima de todos esos pétalos de colores, por encima del árbol, del campo, del viento.
Cuando abrió los ojos, su cuerpecito estaba moviéndose, bailando de nuevo.
Estaba tras el cristal de un armario y tenía un pétalo magullado. Los niños y la niña de la casa iban a verla y ella les sonreía con su sonrisa que, aunque pintada, no dejaba de ser contagiosa al igual que su vaivén.
No hay comentarios:
Publicar un comentario