sábado, 15 de octubre de 2016

136. Microscópicos

La razón por la que nadie podía meterse dentro de la caja de cerillas era porque se encontraba en lo alto del armario. Alguien, algún gracioso, la subió allí. 
La ciudadanía microscópica de la alfombrilla de pies -esas que se colocan al lado de la cama- estaba desesperada por encontrar su búnker. Lo usaban cada vez que el monstruoso y gigantesco succionador -una aspiradora corriente- pasaba encima de sus viviendas. En cuanto se escuchaba el rugido de su puesta en marcha se activaban los sistemas de evacuación. La mayoría conducían a la caja de cerillas que descubrieron debajo de una tabla del suelo, la que tenía el agujero al que denominaron 'el abismo'. 
En su día, la heroica expedición que se aventuró en sus profundidades, volvió con la noticia de la existencia de la caja y la ausencia de peligros mayores. En aquel entonces sólo tenían dos rutas más de escape: el cable de la lamparilla de la mesita de noche y la base de las cortinas. Pero ninguna de esas rutas era tan segura como el abismo.
Quienes integraron el primer equipo de la expedición volvieron a presentarse como voluntarios para encontrar una opción a la caja, a la que prefirieron dar por perdida. 
Iban a encontrar algo que les sirviera de coraza para meterla dentro del agujero. Esto despertó la ilusión en la mayoría. Pero aquella era una esperanza ensombrecida por una pregunta que flotaba cual fantasma entre la comunidad microscópica: ¿quién fue el gracioso traidor que subió la caja de cerillas a semejante altura?...

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