«La Sociedad de Botones había organizado una competencia dentro del armario. Las prendas fueron cayendo de sus perchas conforme iban siendo llamadas a presentarse a concurso por categorías siempre y cuando cumplieran con el requisito de tener ojales.
La categoría que todos estaban esperando era la de los pantalones vaqueros de un ojal. Aquellos botones metalizados despertaban una fanática locura en toda la afición. Pero uno de los pantalones vaqueros que se presentó en esa categoría tenía un botón normal; perdió el original durante el centrifugado de la lavadora y le pusieron ese. Entonces se inició una discusión sobre los estatutos entre los miembros de la Sociedad.
—¿Sabéis que os digo? —Se impuso el valiente botón que no por simple era simplón. El silencio se impuso entre los presentes y él continuó—: Ahí os podéis quedar con vuestro concurso que yo me voy de paseo.
La puerta del armario se abrió y una mano sacó a aquel pantalón vaquero de entre toda la ropa.
La puerta volvió a cerrarse y allí se quedaron todas las prendas -boquiabiertas- en la montaña que acababan de formar.»
—Todo eso que me cuentas está muy bien, pero ahora haz el favor de recoger tu armario. Y evita darle cuerda a tu imaginación, o nunca acabarás de colocar tu ropa.
La madre salió de la habitación y al cerrar la puerta, tuvo que apoyar su espalda en ella para ahogar una risa.
No quería que su hija pensara que podría librarse de poner orden a su caos.
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