«Hoy vamos a jugar.
Hagas lo que hagas, vamos a jugar.
Abre tu armario, saca una prenda cualquiera y póntela del revés.
Sal a la calle y pega un salto cuando menos se lo esperen tus acompañantes.
Coge un boli, garabatea sobre una hoja, fírmala, pégala con imanes en la nevera, y espera a ver la cara que pone quien la vea primero.
Si estás haciendo algo que haces por rutina, imagina que es la primera vez que lo haces y que estás aprendiendo, así es que hazlo despacio y disfruta de cada uno de tus movimientos.»
La hadita pequeña, que estaba leyendo una especie de manual de autoayuda, salió del armario con una de sus faldas y se la puso en la cabeza.
Buscó un espejo para mirarse de cuerpo entero y, luego de reírse un poco de sí misma, ensayó un gesto serio y salió a dar una vuelta por el castillo.
Estuvo a punto de soltar una carcajada por las risas de quienes la veían pasar, pero aguantó hasta que llegó donde sus hermanas y seriamente les planteó una propuesta:
—¡Hoy vamos a jugar!
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