Esa noche llegó agotada a casa.
Sólo tenía ganas de calentarse algo en el microondas, cualquier cosa. Después poner una peli, tirarse en el sofá y dejarse engreír por su gato.
Pero su bigotudo amigo no fue a recibirla, tal y como era su costumbre.
Lo buscó por toda la casa: abrió todos los cajones, sacó todo lo que tenía en el armario, deshizo la cama, revisó debajo del colchón, movió el sofá, comprobó que todas las ventanas estaban cerradas, miró dentro de la lavadora... Hizo todo cuanto se le ocurrió, pero el minino seguía sin aparecer.
Aún más agotada y angustiada se sentó en el suelo.
Empezó a pensar en un plan: primero iría donde los vecinos, luego imprimiría alguna foto y la pondría en el portal, en los comercios cercanos.
Pero un ronroneo en su pecho la hizo estremecerse.
Entonces recordó que tenía que terminar un informe que tenía pendiente de su trabajo e intentó incorporarse, pero el peso que tenía sobre ella se lo impidió.
Las cosquillas en su nariz la llevaron a sacudir la cara, a abrir los ojos, a darse cuenta de que estaba en su cama, que era sábado y que su gato dormía encima suyo.
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