domingo, 16 de octubre de 2016

137. Muñeco

Vivía en un encierro absurdo, o eso fue lo que escuchó decir a quienes lo metieron en la habitación de madera y papel pintado. 

Una mañana decidió esconderse de sus captores y se metió en el armario de la casa de muñecas. 
Le dejaron allí mientras decidían lo que harían con él. 

Nadie le escuchó gritar que ella lo estaba esperando, que debía ir a su encuentro. 
Les dio igual lo que pudiera pensar o sentir. Mejor dicho, nadie se tomó la molestia de preguntarle nada. 

Tampoco se dieron cuenta de que había desaparecido. 
Las únicas que 'jugaban' con él eran las niñas de la casa pero ellas tampoco iban a verlo muy a menudo. 

Empezó a salir por las noches. Era cuando podía moverse. 
Estiraba las piernas y veía si le habían dejado algo de comer. Pero al final se le olvidaba el hambre. 
Así es que el tiempo que pasaba fuera se dedicaba a pasear. Trataba de entender la razón por la que sus captores dijeron que vivía en un encierro absurdo. Además, parecía que ellos le conocían lo suficiente como para saber lo mucho que le gustaba dar paseos. Él mismo solía decir que le ayudaban a pensar.

El último mes no hizo más que hablar de sus planes con todo el mundo. Los planes de ambos. No veía el momento de retomarlos a su lado.

Según sus cálculos, se suponía que a esas alturas tenían que estar camino al puerto en el que tomarían el crucero. 
No le importaba que hubiesen perdido ese viaje porque siempre podrían hacer otro. 
Lo que le preocupaba era que ella pensara en que la había dejado plantada en el altar. 
Se aferró a la esperanza de poder explicarle lo que le ocurrió... 

Mejor dicho, se aferraba a la esperanza de volver a sus dimensiones. Comprender lo que le sucedió era secundario.

Suponía que eso tenía que ver con el muñeco de la tarta, aquel que encargó a una artista que se dedicaba a hacerlos siguiendo las facciones reales de los novios. 

Eran una sorpresa para su novia. Por eso pidió que se los enviaran a su oficina. 

Lo que no pudo fue resistirse a la tentación de abrir el paquete cuando lo llevó a la pastelería. 
Cuando lo vio, cuando se vio a si mismo en aquella inquietante estatuilla, sintió que no volvería a ser el mismo.

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