sábado, 8 de octubre de 2016

129. Nostalgias de una rana

La pequeña rana, cada vez que se despertaba, lo hacía en un tejado distinto. 
El armario en el que vivía se transformaba mimetizándose con la azotea que le tocara ocupar. 
Se volvía estrecho, pequeño, de cartón, de cristal o de lo que hiciera falta para pasar desapercibido. 
Lo crucial era que el mueble, aunque se adaptaba al entorno en apariencia, nunca cambiaba el estanque que tenía por dentro. Así es que la ranita siempre podía dormir en su nenúfar favorito. 
El único inconveniente que tenía su estanque, aunque no le faltaban insectos ni vegetación, era que ella era su única habitante. 
Por eso, cada vez que se abrían las puertas de su armario, ella salía entusiasmada a ver a otros seres. Algunas veces, en los tejados, se encontraba con ratones, gatos, aves y humanos, pero, por alguna razón, ninguno se percataba de su presencia. 
Esto le daba un poco igual porque le agradaba sentirse acompañada por sus soledades. 
Lo mismo le sucedía con quienes veía de lejos, desde la altura en la que estuviera.

Esto cambió en una ocasión. 
Una buena mañana, o tarde, o noche, ya no lo recordaba, se asomó al bordillo y se encontró con una mirada que le estremeció el alma. 
El edificio que tenía en frente era más alto, tenía muchas ventanas y en una de ellas estaba una mujer que parecía estar mirándola directamente a los ojos. 
¿La habría visto? ¿Sería que había dejado de ser invisible? 
Estaba acostumbrada a sentir a los demás, a dejar que su soledad se acompañara por esas lejanas existencias. Pero, lo que estaba sintiendo en ese momento fue una emoción distinta. 
Era la primera vez que se sintió reconocida en la mirada de alguien, de unos ojos que fueran como un espejo que le devolviera otra dimensión de su ser, algo muy distinto al modo en que solía ver su reflejo en el estanque. 
Desde aquella mañana, o tarde, o noche, cada vez que se abren las puertas de su armario, ella va saltando hasta la cornisa con la esperanza de volver a ver a su señora de la ventana y casi siempre tiene suerte. 
Luego de eso suele contemplar los bosques de tejados de las ciudades en las que aparece, llenándose de las nostalgias y de las soledades de sus habitantes. 

Por cierto, una rana de tinta suele estar en todas las fotos que la mujer hace desde las ventanas de los hoteles en los que se aloja, pero hay que fijarse un poco para ver sus ojitos deseosos de que alguien más aprecie su existencia.

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