Érase una palabra perdida dentro de un armario olvidado que estaba en un rincón del castillo imaginario. Se perdió porque se asustó, corrió a esconderse y lo hizo tan bien que ahí se quedó. Cuando aquello ocurrió, la persona a la que le pertenecía todavía era pequeña, tanto que no recordaba su existencia. Crecer con su ausencia no fue fácil, de hecho aquella persona se desarrolló pensando que nunca podría ser lo que aquella palabra significaba.
La persona, ya mayor, soñó una noche con aquel castillo, con el rincón en el que estaba el armario. Un sollozo que provenía del interior del mueble la llevó a abrir sus puertas. Ahí estaba la palabra temblando, hecha un ovillo, arrinconada contra el fondo. Su significado había crecido y la estaba protegiendo como si fuera un gigantesco escudo. La persona y el significado se sostuvieron la mirada. Se reconocieron. Tenían los mismos ojos, las mismas facciones, la misma sonrisa. Entonces, entre ambos, abrazaron a la palabra y la sacaron de su encierro.
Desde entonces la persona cada vez que se mira al espejo reconoce en ella a la palabra y a su significado.
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