Tenía la mejor ocupación del mundo entero: era
bibliotecaria. Dicho de otro modo, ella pensaba que no podía existir un oficio
mejor que el suyo.
La historia de esta mujer es, cuanto menos,
curiosa. Llevaba trabajando en la biblioteca desde que tenía unos veintidós
años; entró como aprendiz y con el tiempo fue adquiriendo más responsabilidades.
Poco tiempo después, consiguió convencer al director para que le permitiera
ocupar la habitación del vigilante cuando éste tuvo que dejar su puesto porque
le reclamaron de la reserva: la guerra tocaba las puertas de todos.
Sin que lo supiera el director, se llevó a su
tía, la única familiar que le quedaba en el mundo, a compartir el habitáculo
del sótano. Y la tía se llevó a su gato. Estarían bien porque nadie bajaba
hasta allí. Ellas no necesitaban demasiado: compartían el incómodo catre, el
diminuto baño que se componía de retrete y lavabo, una estufa y una hornilla
que no usarían más que para calentar lo que tuvieran para comer. Ella procuraba
conseguir provisiones que luego racionaban. La guerra no había explotado aún,
pero la tía sobrevivió a una y olía en el aire lo que iba a pasar. Por eso se
prepararon a consciencia y aprovecharon cada oportunidad. El gato, desde que
llegó, se hizo dueño de cada rincón del húmedo sótano, cazaba su propia comida
y sólo volvía en busca de un rincón cálido para dormir.
Cierto día, antes de que empezaran los bombardeos
de la ciudad, mientras recorría el sótano en busca del felino, encontró una
estantería muy distinta a las demás. Los libros que componían esa sección eran
extraños; lo único que tenían en común era su rareza. Uno en particular llamó
su atención. Intentó cogerlo, pero estaba pegado a la madera. Intentó sacarlo
una, dos, tres veces, tirando cada vez más fuerte de él. Pensó en ir a por una
herramienta que la ayudara pero, en cuanto terminó de formular esa idea en su
mente, el libro saltó a sus manos. Supo que aquella publicación, encuadernada
en cuero repujado y con cierre de broche, iba a ser decisiva en sus vidas.
Al abrirlo, una mezcla de estupor e incredulidad,
recorrió su ser. Cerró la tapa y devolvió el libro a la balda. El gato maulló y
fue a buscarlo. Estaba jugando con un ratoncillo. Le dejó en paz con su trofeo.
Le interesaba más volver al libro. Abrió y cerró la tapa un centenar de veces.
Le costó entender que lo que estaba viendo no era una ilustración. La tapa daba
a unas escaleras que bajaban hacia un salón que tenía unos ventanales con
increíbles vistas a las montañas. Aquel espacio era tan real como su propia
respiración. Finalmente, la curiosidad pudo más que todas esas ideas que le
rogaban prudencia, sensatez. Se quitó el anillo de su madre y lo dejó caer
escaleras abajo… El sonido del metal chocando contra la madera de cada escalón,
rodando por el suelo, dando giros hasta quedarse quieto bajo algo, le hizo
sentirse segura.
El gato empezó a sobarse contra sus piernas; ella
bajó la vista y vio un pequeño ratoncillo en su empeine. El gato se lo acababa
de llevar de regalo. Cogió al pequeñuelo y se dio cuenta de que todavía
respiraba. Algo la empujó a introducir la mano dentro del libro y depositar al
moribundo en el peldaño más próximo. Se dedicó a observarle; no quería dejarle
solo, no podía hacer nada por él, salvo ofrecerle su compañía. Así es que pudo
ver el momento justo en el que el pequeño ratoncillo recobró las fuerzas y bajó
las escaleras a toda velocidad. Ella fue detrás.
Dentro del libro, exploró, indagó y rebuscó hasta
que se aseguró de que todo estaba bien. Recogió el anillo que fue a dar bajo
una silla y fue a abrirle la puerta al ratoncillo que parecía esperarla pacientemente
al lado. Fuera, la casa estaba rodeada de campo y a lo lejos se escuchaba el
murmullo de un río. Era una casita pequeña aunque inmensa en comparación con la
habitación del sótano y con el piso de su tía. En la cocina había provisiones
de sobra. El salón tenía dos sillas frente a una chimenea y estanterías llenas
de libros. Había un baño muy sencillo, pero tenía ducha. También dos
habitaciones con las camas hechas y mantas mullidas. Ella escogió la del
armario más pequeño; le gustó porque era azul. Abrió una lata de atún y llamó
al gato. El olor debió de llegarle antes porque casi de inmediato lo tuvo dando
vueltas entre sus piernas. Le dejó comiendo en la cocina, subió las escaleras,
cerró el libro y lo llevó a la habitación.
Echó llave a la puerta desde dentro. Tranquilizó
a su tía pues pensó que las habían descubierto. Ambas se sentaron en el catre y
después de contarle lo mejor que pudo su descubrimiento, colocó el libro sobre
el colchón y abrió la tapa. El gato roncaba plácidamente en una de las sillas del
salón.
Desde entonces ambas empezaron a vivir dentro del
libro. Pronto se dieron cuenta de que aquel lugar tenía un efecto singular en
su salud y en su edad pues ambas dejaron de envejecer.
Fuera, mientras la guerra lo permitió, ella
siguió con su trabajo como bibliotecaria. Después de la guerra recuperaron el
piso de la tía y se llevaron allí al libro. Nadie lo echó en falta cuando ella lo
sacó en calidad de “préstamo”.
Hoy en día ella sigue paseando por los pasillos
de aquella biblioteca y de muchas otras más, pues no pierden ocasión para
viajar. La tía retomó su oficio como artista y se dedicó a restaurar libros
antiguos. En cuanto a ella, aprendió a usar las nuevas tecnologías y se dedica
a vender y a comprar libros raros por la web.
…Y, mientras ellas entran y salen del libro, el
gato y el ratón juegan a perseguirse por el campo y luego se echan la siesta
juntos en una cesta que tienen en el salón.
Me encantó!!
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