Las tinieblas no le daban tanto miedo como encontrarse en una habitación a oscuras sabiendo que dentro había un espejo. Si algo así le ocurría, cerraba los ojos para tantear el interruptor de la luz. Pero aquella noche la electricidad se había ido en la mitad de la ciudad; por supuesto, en aquella mitad en la que se encontraba su casa.
Estaba sola y el apagón la sorprendió haciendo los deberes en su habitación. Su madre la tenía castigada sin ordenador y sin móvil. Su primera reacción fue buscar este último, pero entonces se dio cuenta de que no lo tenía. Se reprochó por haber llegado con ese par de suspensos de sus últimos exámenes y acto seguido lanzó un sonoro «mierda», al tiempo que cerró los ojos.
Su falta de responsabilidad la había desprovisto de una herramienta absolutamente necesaria para ese momento, no sólo para alumbrarse, sino para llamar a su madre. Estaba aterrada. Tendría que salir y cruzar el pasillo de las escaleras para llegar a la habitación de sus padres, en donde había un teléfono fijo. "La habitación de sus padres". Aunque su padre había muerto, ella siempre llamaría de ese modo a esa estancia. Pensó en él, en que lo echaba de menos, en lo que le habría dicho para darle valor. Sí, eso era: su padre siempre se empeñó en que tuviera un pequeño neceser para emergencias y dentro tenía una linterna. Estaba segura de que él lo había guardado en... El armario.
Manteniendo los ojos cerrados, se levantó y caminó hacia el mueble. No tuvo dificultad en cruzar su habitación pero al llegar, se le ocurrió otro problema: para poder abrir el mueble, tendría que tocar los espejos. Esto le causó un escalofrío. Intentó tranquilizarse y recordó un juego que tenía con su padre. Él solía decirle: "Tu mano izquierda siempre será la derecha en un espejo y si no me crees, haz la prueba. A eso se le llama quilaridad." Entonces podían pasar un buen rato mirando los reflejos de sus manos o colocando un espejo delante de otro, a lo que llamaban "infinito". Su miedo hacia los espejos llegó después de que él falleciera, cuando sus amigas de la escuela la retaron a mirarse fijamente a los ojos en un espejo, sin parpadear y a oscuras. Le dijeron que podría ver al ángel o al demonio que llevaba en su interior. No quiso pensar en eso, prefirió centrarse en el juego que tenía con su padre y estiró la mano.
Unos cálidos dedos tocaron la punta de los suyos; esto la estremeció. Iba a retirar la mano, pero la voz de su padre la tranquilizó. Entonces abrió los ojos. El ambiente estaba lleno de luz. Aquella luminosidad provenía del otro lado del espejo, que era donde estaba su padre. Se veía apuesto con su uniforme de aviador. Él le tendió la mano y la llevó a dar un paseo en aquel lugar. Estuvieron ahí días, semanas, meses, años. Hablaron de todo lo que les había quedado pendiente y más, mucho más. Antes de despedirse le entregó una de sus medallas. «Mirarme en ti es como mirarme en un espejo, eres mi doble», le dijo y quedaron en que se volverían a ver siempre.
Cuando despertó, estaba en una sala de hospital y su madre estaba al lado. Ella le contó que volvió a casa en cuanto las luces de su despacho se apagaron. No quería dejarla sola en la oscuridad. No tardó ni los quince minutos que usualmente tenía que recorrer para volver a casa y que, cuando subió, la encontró desmayada al lado del armario. «Y tenías esto en el puño», terminó de decirle al tiempo que le entregó un objeto. Era la estrella que su padre le dio estando en el otro lado del espejo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario