La afamada arqueóloga y paleontóloga acababa de volver de un viaje a una excavación.
Estaba exhausta, no sólo por el largo recorrido (vuelos, trenes, buses), sino porque había tenido un desencuentro con un colega suyo de profesión.
En el intercambio de opiniones le achacó que ella estaba donde estaba por ser hija de quien era. Ella no le cruzó la cara porque era una señora, pero ganas no le faltaron. Aunque tuvo que tragarse la rabia, aquel comentario le dio pie para contestarle y quedarse tan a gusto:
—Comprendo que intentes atacarme de este modo. Es lo que tiene quedarse sin argumentos.
Fin de la discusión.
Ella, mirada en alto, siguió con lo que tenía que hacer que era volver a su ciudad para continuar con la cátedra que dictaba.
Al llegar a casa estaba tan cansada que sólo quería dormir, pero no hacía otra cosa más que pensar en su padre. Él había sido un afamado paleontólogo y espeleólogo que desapareció veinte años atrás durante una expedición en las cuevas de unas montañas del norte. Nunca encontraron rastro alguno.
Esa noche se quedó dormida pensando en lo que su padre le hubiera dicho sobre el señor orondo del incidente.
A la mañana siguiente despertó siendo pequeña.
Estaba con su padre, en su despacho, mirando las piezas de su colección de fósiles que él estaba sacando de su armario. Mientras lo hacía, le iba contando la historia de cada una de las piedras, del modo en el que las había encontrado, dónde lo había hecho y alguna que otra anécdota. Ella estaba fascinada. Con cada una de las palabras de su padre ella abría aún más los párpados, si eso era posible.
En un momento él dejó de hablar para observarla con gesto serio. Entonces, de uno de los cajones del armario, sacó una pieza asombrosa: tenía el mismo tono de azul como el del océano cuando se ve desde el espacio; además era una pieza transparente.
—Es ámbar azul.
Su padre guardó silencio durante un instante, el justo que necesitaba para saber si ella estaba interesada en que continuara con la historia. Cuando ella tomó la piedra entre sus manos, todavía tan pequeñas que le costaba sostenerla, continuó:
—Se supone que sólo se encuentra en una parte del mundo, pero yo la encontré en una montaña de aquí. Si alguna vez me pierdo, podrás encontrarme buscando esta misma piedra.
El recuerdo -o el sueño- había sido tan real que, en cuanto se ubicó en tiempo y espacio, fue a buscar la piedra al mismo armario. Lo conservaba tal y como él lo había dejado. Cuando dio con aquel fósil, también encontró un papelito en el que su padre tenía anotadas unas coordenadas. Coincidían con la montaña donde perdieron su pista.
Además, tnía anotados otros números junto a unos símbolos.
En ese momento tuvo la esperanza, la certeza de que iba a dar con él.
Decidió que iría sola, sin más compañía que la luz de su casco y la brújula de pulsera.
Esa confianza se la daba el haber llegado donde quería por mérito propio y tampoco necesitaba más reconocimientos.
Lo más importante era que tenía la intuición de que su padre la estaba esperando y que ambos seguirían juntos con esa expedición.
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