El armario de Fiona estaba hasta arriba de manuscritos sin editar. No tenía prisa. Sabía que cada uno de sus cuentos se gestaban solos, que tenían su propio ritmo de crecimiento, de madurez.
Los rincones de su casa en la Ciudad de la Muralla daban muestra de su dedicación a su trabajo, a sus plantas, a sus gatos y a sus perros. Aunque necesitaba la soledad para trabajar, siempre tenía tiempo para su familia y para sus amigos con quienes, además de compartir algunas tardes de tertulia, solía compartir tareas comunitarias.
Los rincones de su casa en la Ciudad de la Muralla daban muestra de su dedicación a su trabajo, a sus plantas, a sus gatos y a sus perros. Aunque necesitaba la soledad para trabajar, siempre tenía tiempo para su familia y para sus amigos con quienes, además de compartir algunas tardes de tertulia, solía compartir tareas comunitarias.
Uno de sus amigos era Fritz, el viejo jardinero que no siempre había sido viejo, ni jardinero y que llevaba años luz enamorado de Gladys, su esposa, a quien llamaban "la Gata". Como él se encargaba del mantenimiento de todos los jardines pertenecientes a la ciudad, también tenía que ocuparse de repartir el trabajo para sus colaboradores. A Fiona siempre le guardaba un puesto que estuviera cerca al suyo.
En una ocasión estaban podando las rosas del jardín del acantilado del oeste, que era donde estaba el hospital. Llevaban un par de horas trabajando en silencio, cuando sin venir a cuento él empezó a hablarle:
—Nosotros tampoco tuvimos hijos, pero nuestro trabajo también es como el tuyo, nos dedicamos a dar vida. Tú lo haces desde la imaginación, desde tu capacidad de crear. Supongo que mi trabajo es más humilde, al encargarme de las flores, de los árboles, pero ellos también son vida.
Ambos volvieron al silencio.
Fiona sospechó que su amigo le dijo todo aquello como siguiendo una conversación que ya tenía unos años, de cuando ella les leyó un relato sobre su único embarazo... En aquella ocasión, Kelhde, Mikhen, Gladys y Fritz guardaron silencio. Aquel relato seguía guardado en su armario y era posible que se quedara ahí, sin editar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario