domingo, 24 de julio de 2016

53. Exigencias

Philipo Philibuster O., el excelentísimo dictador, tenía una afición que escondía de la vista de todos en su armario transparente. Estaba dispuesto a ocultar cualquier diferencia personal no aprobada como aceptable en el código supremo del Partido del Pensamiento Unificado, que era la organización que lo había encumbrado como líder absoluto. Sus militantes tenían la determinación de construir una sociedad equilibrada y justa basada en la restricción de la libertad. Nadie que viviese bajo ese régimen tenía derecho a tener derechos, sólo deberes. La máxima ley era trabajar sin distracciones. No había tiempo para nada que no fuese lo estrictamente obligatorio. Es así como no había tiempo para la música, las letras, las artes, ni siquiera para la información. La educación se había reducido a la implantación de talleres productivos en los que los que se especializaba a los niños y niñas en el manejo de determinadas herramientas de acuerdo al tamaño de sus manos. Incluso la reproducción se había vuelto un asunto de estado: no más niños de los necesarios, ni menos niñas de las que fueran indispensables y al revés. Quienes nacían con algún impedimento o sufrían accidentes que provocaban una minusvalía eran llevados a zonas de producción especial de las que no volvían a salir. 
Y así fue hasta un buen día en el que Philipo Philibuster O. despertó por la madrugada. Como a esa hora no tenía nada que hacer, no podía dormir y estaba algo aburrido sacó de su armario transparente su afición: empezó a pintar. Y ya no paró de hacerlo. Llenó de color las paredes de la habitación que ocupaba en el Palacio de la Represión, siguió por los suelos, las escaleras, la fachada, el patio, la calle principal y los edificios secundarios. Toda la armada estaba alarmada y por ello se quedó paralizada en formación cuando el excelentísimo dictador pintó sus uniformes de rosa, turquesa, amarillo canario y toques de lavanda. Algunos de sus mandos quisieron detenerle alegando una repentina locura pero, para cuando quisieron reaccionar, toda la población había tomado las calles con pinceles, instrumentos musicales, recitales poéticos y muchas más actividades creativas que revolucionaron la sociedad y acabó con la dictadura.
Hoy en día Philipo Philibuster O. cumple condena por sus crímenes contra la humanidad en una cárcel modelo. Aquella institución se dedica a desterrar el delito del interior de sus perpetradores educándolos en valores humanos. Philipo recauda fondos para sostener escuelas de artes y ciencias, algo que deberá hacer por el resto de su vida, desde su celda, pintando cuadros espontáneos.

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