La bella señora estaba sentada en su mecedora y en su regazo tenía abierto el libro que siempre, invariablemente, leía al atardecer. Lo tenía abierto por el centro, en el lugar donde estaba la única ilustración, una xilografía en blanco y negro. Se trataba de una habitación en penumbra que tenía una cama, una mesita de noche, una ventana cerrada y al lado un armario con llave, nada más.
La lectura que hacía aquella mujer era singular. Aunque sus ojos ya no veían como antes y las letras muchas veces le bailaban, aquel dibujo la serenaba y por eso se dedicaba a contemplarlo. Su día a día se había convertido en una letanía de recuerdos que provocaban que sus pensamientos vagaran por los rincones más remotos y emocionantes de su pasado. Los momentos buenos y malos se entremezclaban con su presente por lo que casi siempre se sentía confundida además de observada por los demás.
Lo que sucedía con aquella imagen estando en soledad era distinto porque no tenía que darle ninguna explicación a nadie sobre lo que ahí veía, más aún cuando las palabras también le bailaban. Así, sentada en su mecedora, veía que el papel de las paredes de la habitación del dibujo era granate con dorado, que las cortinas eran pesadas, que las ventanas estaban abiertas y que la brisa de la playa movía el tul que cubría la cama. También veía a la joven durmiendo la siesta y a su esposo entrar sigilosamente, descalzarse, recostarse a su lado. Los veía abrazarse, juguetear, perseguirse por la habitación, salir de ella. Los veía a través de la ventana corriendo hacia la playa y bañarse hasta que caía la noche. Los veía volver, abrir el armario, sacar un vestido y un traje. Pero lo dejaban todo tirado por el suelo porque no había tiempo, porque sus amigos los esperaban para cenar. Y después traían una mecedora, una cuna y a una bebé que creció de prisa. Y así entraba y salía el color de la habitación hasta que llegó otra niña... Y veía a los cuatro a través de la ventana abierta jugando en la playa...
Así pasaba la tarde, mirando aquella imagen con el corazón lleno de fortuna y lo hacía en silencio. Nadie iba a creer lo que le sucedía a aquella imagen delante de sus cansados ojos.
Si alguien se fijara un poco en aquel dibujo, descubriría que no es blanco y negro.
Si te fijas un poco en esa ilustración, verás que a través del cristal de la ventana cerrada se trasluce el cielo y que éste tiene un tenue azul celeste que pronto adquiere las tonalidades del ocaso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario