miércoles, 27 de julio de 2016

56. Compañeros

Esa noche volvió a casa tarde, como siempre. Estaba cansado y hambriento. Lo único que quería era comer cualquier cosa, dejarse caer en donde fuera y dormir hasta el día siguiente. Pero al abrir la nevera observó que no había nada. Meneó la cabeza en actitud derrotista. ¿De qué le servía discutir con su compañero de piso si al final nunca reponía nada? Pensó en bajar y buscar cualquier sitio que estuviese abierto, pero a esa hora sólo atendían las máquinas expendedoras. Ni siquiera se iba a enfadar. Tenía que ahorrar fuerzas para ahorcar al susodicho en cuanto lo viese. Pero él tampoco solía estar en casa. A veces desaparecía durante días y se dejaba ver cuando menos lo esperaba. Alguna vez, creyendo que su compañero estaría en quién sabía dónde, llevó a una chica a su habitación. Al muy cretino le dio por fisgar y lo hizo para tocarle las narices, de eso estaba seguro. Solía reírse a costa suya. La verdad era que él también hacía lo mismo: ponía chinchetas en su cama, madrugaba sólo para meter sus pantuflas al congelador y luego las devolvía a su sitio, entre otras gamberradas. Lo de la comida era un golpe demasiado bajo. Tenían que hablar pero lo harían otro día, porque por esa noche había tenido suficiente. Se iría a dormir sin cenar, tenía demasiado sueño. Sin desvestirse se echó en la cama; por alguna razón le vino a la mente Anito, un compañero suyo de trabajo. Estaba preocupado por él porque llevaba una temporada silencioso. Él tenía la mirada profunda por lo que su silencio lo convertía en un ser solemne. Era la única persona con la que se sentía cómodo en el trabajo, el resto le daba igual. Si algún día, por alguna razón, tuviese que sacar la cara por alguien lo haría por él. De eso no tenía la más mínima duda. Se quedó dormido pensando en estas cosas, pero a eso de las dos de la madrugada, alguien lo destapó tirándole la manta al suelo. Saltó de su cama al instante y fue directamente a la habitación de su compañero. No había nada debajo o detrás de ningún sitio. «El armario», pensó y lo abrió con cierta agitación. Pero aquel mueble estaba vacío. ¿Se habría mudado? ¿Así, sin más? ¿Sin despedirse? ¿Sin dejarle la titularidad del contrato de alquiler? ¿O ya lo habían puesto a su nombre? Algo aturdido fue hacia el baño, se mojó la cara y se miró en el espejo. Detrás de su hombro estaba Anito, mirándolo con esa mirada suya, meneando la cabeza como si así pudiera darle toda su comprensión además de una pista: si quería comer tendría que recordar que su compañero de piso no iba a hacer la compra, entre otras cosas porque a ellos, los seres imaginarios, no les pagaban con dinero.

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