viernes, 1 de julio de 2016

30. Nudo de Kipu

Fiona desarrolló su cualidad visionaria de manera independiente a su preparación. Durante los cientos de años que vivió en el mundo de fuera conoció a una cantidad incalculable de gente. Cuando todavía era una niña empezó a ver el interior de quienes se acercaban a ella. Al principio no sabía cómo manejar las sensaciones que recibía de los demás. Toda esa información sobrepasaba sus fuerzas; pero, con el tiempo, fue haciéndose capaz de contenerse y de separar sus emociones para comprender al otro poniéndose en su lugar. Así aprendió a abrir otro tipo de puertas dimensionales algo distintas a las que estaban acostumbrados en la Cuerda Amauta. Una de esas puertas que era capaz de ver era el talento ajeno. Cuando centraba su atención en esa dimensión, también era capaz de ver el futuro más probable para la persona que tuviese delante. Así fue como se hizo visionaria. Como con todo, también aprendió a mantenerse al margen. Al principio hacía sugerencias que, generalmente, no eran bien recibidas. Más adelante se limitaba a registrar sus impresiones, observar de lejos y ver lo que ocurría. Sólo algunas veces, si la persona en cuestión le generaba algún tipo de afecto, usaba sus anotaciones para escribir alguno de sus cuentos.
En una visita que hizo a su hermana, cuando sus dos últimos sobrinos todavía eran pequeños, tuvo una visión. Esa noche era imposible dormir por el calor y los cuatro salieron a la pequeña terraza de la cabaña, en lo alto del árbol. Ella y su hermana estaban en una de sus conversaciones divertidas mientras que Ámbar y Samir estaban tendidos, cabeza con cabeza, en el suelo de madera. Jugaban a inventarse nombres raros basándose en los nombres de las siete lunas de Kalaij que en esa noche brillaban cual faroles. Por alguna razón perdió la mirada en los movimientos que el niño estaba haciendo con los pies. Durante un momento, su mente se puso en blanco y de pronto tuvo esa visión. Vio a Samir, a su talento, a la dificultad que tendría para asumirlo y que ella estaría a su lado para apoyarle... Aquella imagen la guardó en su mente durante algún tiempo y cuando estuvo lista, la escribió. Dobló y guardó el papel dentro de un libro, en un cajón de su armario. Ahí se quedó durante años, hasta que ella vio que se acercaba el momento de dárselo a su dueño. Entonces empezó a trabajar en un pergamino en el que caligrafió el cuento y que adornó con acuarelas. Unas cuantas semanas después de haberlo terminado, Samir fue a buscar refugio en su casa. Pero aquella historia forma parte de otro nudo.   

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