El cuerpo apareció en la orilla. Estaba boca abajo, hinchado, amoratado. Sería más apropiado decir que el cuerpo estaba decúbito prono, porque no tenía boca ni cabeza. Tenía las manos atadas tras la espalda y los pies descalzos. Vestía una especie de túnica negra que el médico forense, todavía becario, apuntó en sus notas como "mortaja". No era el primer cadáver que aparecía en esas condiciones, con las mismas señales de tortura y otras cuantas pruebas que indicaban una misma autoría. Tampoco sería el último. Pero era el primer caso de asesinato para el joven y, por eso, sólo tenía que limitarse a hacer aquello que le ordenaban: observar, tomar notas, registrar pertenencias y poco más.
El médico jefe interrumpió la autopsia porque tuvo que salir y el joven se quedó solo, revisando sus notas, sin ser capaz de asimilar la espeluznante escena de la playa. A medida que pasaba el tiempo, aquella sala empezó a volverse más fría. Trató de concentrarse en sus notas, de redactar un informe que no le habían pedido pero que le mantendría ocupado. Entonces escuchó una voz que sonó hueca. El ambiente se oscureció y él casi no fue capaz de seguir con su tarea. Aquella voz empezó a llamarle por su nombre. Le empezó a decir que tuviera el coraje de levantar la vista. Le preguntó si estaba dispuesto a sacrificar parte de su alma, a oscurecerla para poder resistir el lado ruin, perverso y cruel de los seres humanos. El joven se quitó las gafas y apretó los párpados. No quería ver de dónde provenía la voz hueca y tampoco quería escucharla. Empezó a hiperventilar. Ansiedad. Estuvo a punto de ponerse de pie, de salir corriendo de aquella sala...
Su jefe volvió a entrar y, de inmediato, abrió los ojos. El hombre mayor quiso entregarle un contenedor de refrigeración pequeño, destinado a órganos de trasplantes. Le dijo que unos agentes acababan de dejarlo. No le dio más explicaciones, pero tampoco fue necesario. Aunque el contenedor estaba cerrado, el joven supo exactamente lo que contenía porque la voz le preguntó si quería conocer su rostro. De inmediato se disculpó, se quitó la bata, sacó su abrigo del armario y se fue. No volvió nunca más.
Su jefe volvió a entrar y, de inmediato, abrió los ojos. El hombre mayor quiso entregarle un contenedor de refrigeración pequeño, destinado a órganos de trasplantes. Le dijo que unos agentes acababan de dejarlo. No le dio más explicaciones, pero tampoco fue necesario. Aunque el contenedor estaba cerrado, el joven supo exactamente lo que contenía porque la voz le preguntó si quería conocer su rostro. De inmediato se disculpó, se quitó la bata, sacó su abrigo del armario y se fue. No volvió nunca más.
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