martes, 12 de julio de 2016

41. Una semilla

El viento frío del norte transportó una semilla diminuta que fue a dar al tiesto de una terraza.

El niño y la niña vivían uno frente al otro, en los bloques de edificios de un barrio obrero. Aunque iban a la misma escuela, estaban en años diferentes, por lo que sólo se conocían de vista. 

Era un tiesto que sólo tenía tierra seca, agrietada. La semilla, empujada por el viento, rodó dentro de una grieta y allí pasó el invierno en soledad. 

La niña empezó a salir a la terraza cuando todavía hacía frío. De eso se dio cuenta el niño que la veía desde su ventana, mientras hacía sus deberes. Ella siempre se veía triste. Le hubiese gustado hacer algo para alegrarla, pero no sabía cómo; además, ella era un año mayor que él... 

El niño siempre estaba en su ventana, estudiando. Pensaba que eso era algo que ella quería hacer, aprender, pero en casa no la dejaban tranquila. Sus padres siempre discutían y cuando no estaban peleando entre ellos, ella se convertía en el blanco de sus críticas. La desaprobación era constante y la ausencia de aprobación era aún mayor. En la escuela no iba ni bien, ni mal... Hacía lo que podía y si se esforzaba, aunque sólo fuese un poco, era porque aprender la hacía olvidarse de esa sensación de inutilidad que tenía día tras día. Las únicas veces que sentía que sus padres la querían era cuando no estorbaba. La frialdad de la terraza era más cálida que lo que tenía dentro, en casa.


La lluvia de primavera humedeció la tierra del tiesto, lo justo para que la semilla despertara.

El niño la vio llorando en un pasillo de la escuela. 

Esa misma tarde él salió a su terraza para verla. Quería saber si ella estaba más tranquila. 

Pero no sabía qué cosa podía hacer allí fuera, mientras esperaba y le preguntó a su madre si podía ocuparse de las gardenias. 

Del armario de la terraza sacó la regadera, la llenó de agua y empezó a regar los tiestos. 

Uno de ellos llamó su atención: sólo tenía una plantita escuálida. Se la mostró a su madre y ella le enseñó a ponerle un apoyo para que creciera. 

Así fue como, esperando, empezó a interesarse por las plantas. 
Pero la niña no salió, ni aquella tarde, ni las siguientes. 

Tuvieron que pasar unos cuantos años para volverla a ver. 

Supo que era ella porque volvió a la misma casa, a la misma terraza. 

Aunque tenía cierto aire triste, la vio distinta. No, no era tristeza, se dio cuenta de que era serenidad. 

Evolución. 

Miró el tiesto. Su escuálida plantita se había convertido en un arbusto que quería ser un bonsai. Lo sabía, la planta se lo había dicho en sus interminables sesiones de cuidados en las que no dejaba de pensar en la niña de la terraza. No sabía su historia, como tampoco sabía la historia del modo en que la semilla de su planta llegó a ese tiesto. ¿Eso importaba? Le alegraba ver que, después de tanto tiempo, ella estaba bien. Le sonrió.

Y ella le devolvió la sonrisa.

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