viernes, 29 de julio de 2016

58. Aprender

La maestra estaba aburridísima de la vida. La coordinadora académica la había llamado a su despacho para decirle que el rendimiento de su grupo de niños estaba por debajo de lo esperado; que no se mostraban animados y que tampoco se portaban bien. Ella escuchó todo mordiéndose la lengua. "¿Cómo van a estar motivados si el currículum, las materias transversales, la programación, la evaluación, los deberes y toda esa burocracia no me dan margen para crear experiencias que a los chicos les interese tanto como a las chicas y al revés?", pensaba mientras asentía dándole la razón a la mujer mayor que, seguramente, tenía mucha más experiencia en conseguir todo lo que le estaba exigiendo. Dejó de escucharla y empezó a observarla. Sospechó que esa mujer parecía mayor porque se había empeñado en volverse mayor y eso no tenía nada que ver con la edad, ni con las vivencias, más bien con la amargura. Le dio un poco de pena, pero tampoco le gustaba sentir eso por la gente. Prefirió pensar en su propia frustración: quiso ser maestra por vocación, pero estaba empezando a dudar del significado de aquella palabra. Sus chicos y chicas no se merecían la apatía en la que había entrado a causa de... Ni siquiera le hacía ilusión "tener que seguir" esos horrorosos libros de texto cuando ella prefería hacer su propio material; sin contar con el coste que esos libros suponía para los padres. La mediocridad de unos, su pereza, terminó rebotando en quienes amaban la docencia. ¿En qué momento ocurrió eso? No lo sabía. Suspiró. Su suspiro no pasó inadvertido para la coordinadora que se lo tomo a mal y de ahí a peor. Dejó de usar ese tono casi neutral, contenido, para mostrar su enfado abierto. A la maestra le dio igual cómo se pusiera aquella señora. Podía gritar, chillar y patalear y no por eso iba a tener razón. Sí, era cierto, ella había cometido una pequeña falta al protocolo al soltar el aire, que fuera interpretado como un resoplido,  como una muestra de hartazgo, no era cosa suya. Aunque, si lo pensaba un poco, sí era cierto que estaba harta. No soportaba la práctica "industrializada" de la educación: "¡Niños y niñas, a la cinta de producción que hoy os vamos a introducir unos cuántos contenidos!". La mujer acabó con su perorata no sin antes invitarla a un cambio de actitud y a una adhesión estricta a los objetivos, con una última vuelta de tuerca: que recordara que fuera había muchos maestros esperando por su plaza. Salió del despacho con una mezcla de rabia y determinación. ¿Quería un cambio de actitud, una adhesión estricta a los objetivos? La tendría. Iba a dejar la burocracia a un segundo, no, a un tercer plano e iba a enfocar toda su atención en lo que sus pequeños y pequeñas querían aprender. ¡Sólo tenían siete años y ya tenían que rellenar fichas de lectura que venían en los dichosos libros de texto! ¡¡¡Por favor!!! ¡Esa no era una actividad creativa! Fue a buscarlos al patio; todavía no acababa el recreo. Los observó jugar, correr, saltar, compartir sus meriendas... Algunas chicas se acercaron a ella. Estaban entusiasmadas porque acababan de ver un arcoíris y le preguntaron por qué se creaban. Sí, para su sorpresa usaron esa palabra "crear". Ella les sonrió y les pidió que esperaran un poco para poder hablarlo con los demás. Una vez en clase se dirigió al armario de materiales. Sacó unos cuantos folios blancos y un vaso de cristal que llenó con agua. El resto, os lo podéis imaginar. Esa mañana todos se convirtieron en científicos, en pintores, en escultores de plastilina; entre todos crearon un cuento y una poesía. Además descubrieron conceptos como "ángulo", "refracción", "onda" y "espectro visible". Adelantaron unos cuantos años lo que se suponía que debían saber y, lo mejor de todo fue que lo entendieron, a su modo, pero así fue. Esa mañana todos obtuvieron un sobresaliente y la maestra aprendió a soltar su imaginación en clase.  

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