lunes, 18 de julio de 2016

47. Adecuar

«Puedes dar un paso adelante. ¡Venga que no tengo todo el día!  Ahora mira hacia abajo. ¿Qué sientes?»

Quedarse sin inspiración era como lo que le sucede a otros cuando abren sus armarios y no saben qué ponerse. Pero esa noche ni siquiera era su falta de motivación lo que le tenía mirando al vacío. De hecho tenía un personaje que era una mezcla de ingenuidad y crueldad. "Ingenuidad" por ciertas actitudes que carecían de doblez. "Crueldad" porque parecía ensañarse con quienes estaban bajo el poder de su dictadura. 

«Te haría lo mismo que nos haces a nosotros y empezaría por humillarte.»

Debía tener cuidado, mucho cuidado con las cosas que escribía, no fuese que se le escapara algo que no pudiese decir. La censura estaba a la vuelta de cada esquina y cualquiera podría denunciarlo. No debía fiarse de nadie. 
  
«Te empujaría sólo para comprobar si tu ego está dispuesto a elevarte. Tú no trabajas para el bien común, sino para satisfacer tu propia ansia de poder. Quisiera saber si tu inflada autoestima va a salvarte. Pero, querido represor, yo no soy como tú...»

Eso último era demasiado. Arrancó el papel de la máquina, lo arrugó y fue hacia su armario. Lo que tenía dentro del mueble era un abismo. Tiró la pelota de papel y se asomó para ver su recorrido. Vértigo. No podía ver el fin de aquel precipicio. Pero el valle que se abría, cubierto por la ingente cantidad de bolas de papel que había tirado y que parecía ser nieve, le daban una idea de lo mucho que había trabajado para pulir su prosa. Pero todavía le faltaba mucho para poder escapar del régimen.

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