Dormitaba plácidamente bajo la sombra de una higuera del oasis, cuando un mico le robó sus sandalias. Él (o ella, en realidad eso no importa) despertó de inmediato y persiguió al travieso animalillo que le condujo en dirección al desierto. Antes de llegar, la criatura lanzó su botín hacia la incandescente arena, se volvió, le esquivó corriendo por entre sus piernas y chillando (o riendo) se perdió entre unos arbustos.
Ella (o él), se estaba preparando mentalmente a quemarse los pies, cuando se dio cuenta de que a lo lejos había una gigantesca estructura hecha de una impresionante piedra oscura. Se trataba de dos pilares unidos por un arco. De dos zancadas él (o ella) llegó hasta sus sandalias y se encaminó hacia la misteriosa puerta en mitad del desierto.
Conforme se fue acercando, la puerta empezó a hacerse más y más pequeña. Pero no sólo eso, también se transformó ante sus ojos. Para cuando logró acercarse, el portal se había convertido en un armario con puertas de vidrio en cuya única balda interior había una llave envuelta en un cordón de cuero.
Ella (o él) abrió la vitrina y cogió la llave. En ese momento, el armario se deshizo convirtiéndose en arena.
Él (o ella) se colocó el cordón al cuello, regresó al oasis y bajo la sombra de la higuera se volvió a dormir.
Los ancianos y ancianas del lugar cuentan que esta escena se repite a diario.
Aunque ella (o él) se esmera por llegar hasta la llave de su felicidad, se limita a colgársela en el cuello antes de volver a la fresca y seguir durmiendo. Al día siguiente, no es capaz de recordar que el preciado objeto estuvo en su poder.
La sabiduría de los mayores dice que puede ser que el cuento cambie cuando él (o ella) decida seguir adelante, atravesar los restos del armario y cruzar el desierto en busca de lo que realmente quiere.
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