De tanto en tanto miraba el reloj.
Los segundos pasaban cual eternidad y de eso él sabía un poco.
Un segundo. Intentó ponerse en el lugar de los humanos, imaginar cómo podían soportar pasar más de la mitad de sus vidas esperando.
Dos segundos. Nunca tuvo demasiada paciencia... Pero Valeria le hizo una jugada inesperada y tendría que aprender a tener un poco de eso.
Tres segundos. Miró su armario, todavía lo tenía como ella lo había dejado. O eso era lo que él creía. Lo abrió.
Cuatro segundos. Más de una vez se había metido dentro para desmoronarse entre sus vestidos, mientras intentaba atrapar algo de ella, aunque sólo fuera una partícula de su perfume del que sólo quedaba un tenue hedor añejo. Desamor. Abandono. Olvido.
Cinco segundos. No podía seguir allí, encerrado en esa ciudad de los recuerdos que atizaban sus paranoias. Tenía que marchar. Estaba decidido, tenía que irse a hacer ese curso. Ni siquiera era capaz de decir cuánto tiempo estaba sin ella. ¿Seis décadas? ¿Cuatro? ¿Dos?... ¿O eran siglos?
Debía intentar distraer su incapacidad de conformarse.
Christopher terminó de hacer la maleta y se tendió sobre su cama para esperar a que amaneciera, sin sospechar que una serie de causalidades le devolverían a su encierro.
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