martes, 26 de julio de 2016

55. Presagio

Era la una de la madrugada. Llevaba horas sentada frente al ordenador intentando elaborar una historia gore en la que un personaje inspirado en su jefe, aquel inepto de traje y corbata, sufriría algún tipo de ensañamiento. Todo lo que imaginaba le hacía estremecerse. No se sentía capaz de cometer semejante atrocidad aunque sólo fuese desde la ficción. Era demasiado buena. 

Escribió tres o cuatro veces el párrafo de introducción hasta que le quedó así: "Todo en él era casposo salvo los impecables hombros de su chaqueta. Su secreto era la cantidad de gomina que usaba para peinarse hacia atrás. Así ocultaba su incipiente calva en la coronilla además de retener las escamillas blancas que se quedaban adheridas entre pelo y pelo. Pero no había truco para ocultar la casposidad de su personalidad, de su manera de hablar, del modo tan repugnante, ruin, zafio y machista con el que se dirigía hacia las dependientas que tenía a su cargo."

A la mañana siguiente no tendría que madrugar pero había quedado en verse a media mañana con su pequeño grupo de amigas y compañeras. Iban a pasar un día de merecido ocio: playa, cañas, risas y lo que surgiese. El relato quería llevarlo para amenizar la reunión, pero le estaba costando poner por escrito todas las imágenes de terror, sangre y torturas que bombardeaban su mente. Además, no estaba muy convencida de poder imprimir algo de humor en ese tipo de relato. Aún así lo intentó y empezó a escribir el segundo párrafo: "Nada le habría hecho presagiar que...". 

Tuvo que dejar de escribir porque en ese momento llegó un mensaje al móvil, al grupo de las chicas: "El casposo sufrió un accidente con la guillotina. La chica de seguridad me dijo que descubrieron la máquina dentro de uno de nuestros armarios, en nuestro vestidor, como si hubiese querido esconderla. Un inquietante rastro los condujo hasta allí desde el almacén, que fue donde lo encontraron inconsciente. Se está recuperando en el hospital. No creo que pueda caminar durante una temporada. Ahora ya sabemos la razón por la cual se quedaba haciendo horas extras."
Asustada, eliminó el archivo de texto de inmediato, cerró la tapa del portátil, apagó el móvil, encendió la tele y se acurrucó en el sofá. No podía quitarse de la cabeza que ella -y su imaginación- había tenido algo que ver con semejante hecho. 

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