En esa selva no llueve, no.
Se cuenta que el hombre del sombrero llegó al pueblo durante la mañana más calurosa del verano del mil ochocientos quién sabe cuánto. En su carreta, que era tirada por una mula, llevaba un armario echado. Las gentes, cuando lo vieron de lejos, pensaron que llevaba un féretro. Su traje blanco, aunque polvoriento, le daba un aire espectral. A eso se sumaba que su piel estaba bermellón por el calor. Las voces alarmadas gritaron que el demonio en persona acababa de llegar para llevarse el alma de los jóvenes, si eran voces de viejos, o a los viejos, si eran voces de jóvenes. Todos corrieron a esconderse donde pudieron. Se armó tal alharaca que hasta el cura del pueblo se lo creyó y mandó a tocar la campana de la iglesia. Uno de los que alcanzaron a meterse dentro del santo recinto, sacó la mano por la puerta, tanteó hasta que cogió la soga y, tembleque, la sacudió tirando de ella unas tres mil veces por segundo. Sólo alcanzaron a sonar dos tímidas campanadas. Y lo de "campanadas" era un decir, porque aquel instrumento colocado cerca del umbral era más bien una campanilla. Para efectos más dramáticos, el cielo se oscureció en ese momento. De los gritos pasaron a los llantos, y de ellos a los sollozos y al silencio. Ni un alma se movió en todo el pueblo. Si alguno respiraba, el otro se alejaba sigilosamente para que el diablo no le viera a su lado. Un relámpago les hizo persignarse y un trueno descomponerse. Furtivas flatulencias se dejaron oir cual chillidos quejumbrosos de chiquillos castigados en los rincones; mejor no hablar de aquellas flatulencias que se dejaron oler, basta con decir que más de uno tuvo la certeza de que aquella hediondez era la prueba sulfúrica de la presencia del maligno. Entonces empezó a llover.
El hombre se quitó el sombrero, miró hacia el cielo y se dejó empapar por el aguacero. No tardó en coger las riendas de la mula y conducirla bajo unos árboles. Él mismo se sentó casi debajo de la carreta, como si temiese a ser alcanzado por un rayo. Esto no pasó desapercibido para unos cuantos ojillos curiosos que no dejaron de observarlo. Los pobladores, poco a poco, fueron saliendo de sus escondites. Para cuando terminó de llover, todos estaban en medio de la plaza, mirando con atención la tienda ambulante que el forastero empezó a organizar con su carreta, el armario, unos palos y una tela que usó como toldo. Y en el armario sólo tenía sombreros.
En esa selva no llueve, no. Caen chaparrones.
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