miércoles, 20 de julio de 2016

49. El regalo

La visionaria se sabía una persona común y corriente, ni más ni menos que cualquier otro ser vivo del planeta. Pero había algo que la diferenciaba de la mayoría de homínidos de su especie: su mente y sus sentidos funcionaban como si fuesen una antena que recibía constantemente las proyecciones de los demás. Era capaz de percibir sus emociones, de hacerlas propias, de alegrarse con sus logros y acompañarles a levantarse de sus fracasos. Creía en el progreso, en el desarrollo personal, en la evolución humana. Por eso entregaba su atención, su compromiso, su tiempo a quienes le solicitaban su arte, que era saber ver las posibilidades del destino de quien tuviera delante. El precio que debía pagar por haber desarrollado esta cualidad era muy alto: su espíritu estaba expuesto a las atrocidades cometidas por otros seres, supuestamente, semejantes a ella. Se volvía incapaz de entender, justificar o exculpar cualquier delito contra un ser vivo, contra cualquier inocente. Esto le afectaba de tal manera que hacía suyo el dolor de quienes no podían describir con palabras su sufrimiento. En ocasiones se abría tal brecha en su interior que, aunque estuviese rodeada por personas maravillosas que la querían y que hacían lo indecible por protegerla, le costaba un gran esfuerzo recuperar la tranquilidad. 
Eran muchos, muchísimos quienes solicitaban audiencia con ella. Ese era el motivo por el que la mayor parte del año tenía que estar viajando. Solía hacer los trayectos sola, pero a donde llegara, tenía siempre un pequeño séquito esperándola. Es así que, durante sus viajes, la mayoría de las veces sólo podía disfrutar de sus momentos de soledad cuando se encontraba en la habitación del hotel. 
En uno de esos viajes le ocurrió algo inusual. Se disculpó con sus anfitriones y se fue a dormir pronto. El calor y el cansancio le habían provocado un fuerte dolor de cabeza. Durmió un par de horas y despertó sofocada, hacia media noche; había olvidado encender el aire acondicionado. Como se había despejado por completo y se le había pasado el dolor, además de verse libre de sus acompañantes, decidió tomar una rápida ducha fría y salir a caminar. A esa hora, en esa ciudad del sur, la gente hacía mucha vida. No era extraño encontrarse con algunos comercios abiertos. Durante la mañana y la tarde el calor ahuyentaba a todos. No era la primera vez que visitaba aquella localidad y tenía muchas ganas de recorrerla, de dar un solitario paseo nocturno.
Familias enteras disfrutaban de la ligera brisa y de una sobremesa que animaba las terrazas. En una esquina de esa calle céntrica, tan llena de gente, había un local que llamó su atención. Por la luz que provenía del interior pensó que se trataba de un pub, pero conforme se fue acercando, la luz verdosa fue oscureciéndose; para cuando llegó hasta allí, se había vuelto azul. Entonces se fijó en el rótulo de madera que colgaba de la puerta. Ponía: «Abierto para curiosos y curiosas que quieran conocer y crear, no comprar, otro mundo». Su recuerdo no registró que hubiese abierto la puerta y cruzado el umbral. Ni siquiera sabía si entró por curiosidad o por un impulso. Lo único que sabía era que estaba dentro de la tienda de antigüedades más extraña que había visitado jamás. Sólo por si acaso se quedó cerca, muy cerca de la puerta. Pero, conforme pasaban los segundos, se fue sintiendo más cómoda. Era como si hubiese estado antes en aquel lugar. Una voz danzarina le pidió desde el fondo que esperara un momento, que le atendería enseguida. En ese instante se dio cuenta de que conocía aquel sitio de una de sus visiones. 
—¡Bienvenida a mi rincón!— Le dijo la misma voz, sólo que esta vez sonó a su lado. ¿Pero, cómo? Si sólo se había distraído con un objeto... Se giró de inmediato y la vio. Era una mujer no mucho más alta que ella. Llevaba una especie de túnica azul que resaltaba su pelo rojo. Le sonreía mirándola directamente a los ojos. ¿La había visto antes? Le devolvió la sonrisa. Entonces su anfitriona prosiguió—: ¿Vienes a recoger tu encargo? Me parece que lo tengo listo.
—No, gracias. Sólo pasaba por aquí... —Había entrado en aquel lugar sin tener idea de lo que encontraría; tampoco era que estuviera buscando alguna cosa en particular. Sin dejar de sonreír encogió los hombros y siguió negando, sólo que esta vez lo hizo con la cabeza. 
—Entiendo, lo has olvidado. No pasa nada, eso es muy normal. Suele suceder con quienes vinieron en sueños. Tú has estado aquí antes... Por eso sé que en ocasiones sueles echarte al hombro el peso de lo terrible, de las monstruosidades que cometen ciertos seres.  —Dijo sin dejar de revolver las cosas que tenía detrás de un mostrador. Al cabo de un momento volvió a enderezarse y colocó sobre el mueble una pequeña cajita de latón. El objeto tenía unas líneas de relieve en la tapa. Volvió a buscarle la mirada y cuando consiguió su atención le dijo con voz triunfante—: ¡Aquí lo tienes!
Durante un breve momento quiso salir, huir del lugar. Pero algo, una sensación apacible hizo que se quedara, que confiase.
—¿Qué es eso?
—Lo que me pediste en tu sueño. No te preocupes, puedes llevártelo. A cambio me diste una palabra ¿la recuerdas? El objeto te mostrará su magia cada vez que la necesites. Llévatelo, es tuyo.
La visionaria cogió la cajita, dio las gracias, salió de la tienda y cruzó la calle. Estando en la otra esquina se giró para echar un último vistazo, pero el local había desaparecido. En su lugar había una pared, sin más. 
Se olvidó del paseo. Sólo quería volver al hotel, encerrarse en su habitación y examinar la cajita. No pensaba deshacerse de ella. Sabía lo que había vivido, lo que había visto en aquel lugar y lo que había sentido con aquella especie de ¿hechicera?
Una vez en su habitación pasó mucho tiempo intentando abrir la caja, pero no hubo manera. Cansada, se sentó en el suelo con su ordenador portátil y posó la cajita delante suyo. Empezó a revisar su correo y pronto se entretuvo con las noticias. Nunca faltaba alguno de esos terribles sucesos que solían abrirle la llaga interior. Suspiró y deseó tener un poco de paz. En ese momento, la cajita empezó a temblar, a estirarse y a contraerse hasta que se convirtió en un baúl-armario de viaje. Impresionada, lo observó por arriba y por abajo, por delante y por detrás. Ilusionada, abrió sus puertas. Ella, que solía evitar los espacios cerrados y pequeños, no dudó en meterse, en sentarse dentro y en estirar sus manos hacia el cosmos que había en el interior. Las galaxias estaban tan cerca que casi podía rozarlas con los dedos. Lo mejor fue respirar aquel sosiego. Su corazón, tan grande y bondadoso, encontró dentro de ese mueble un refugio, un lugar donde poder volverse invisible el tiempo que necesitara. Desde entonces la visionaria siempre viajó con su cajita de latón cuyo relieve, por cierto, era una salamandra.

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