jueves, 14 de julio de 2016

43. ¿Qué hay?

En una de las paredes laterales de la catedral de la Ciudad Olvidada, una fría mañana de domingo, apareció un armario empotrado. 
Cuando el mueble surgió entre las piedras, los únicos que pasaban por allí eran algunos borrachos y unos cuantos turistas madrugadores. A ninguno le extrañó. Los primeros estaban más interesados en encontrar algún sitio para seguir la fiesta. Los segundos sólo se fijaron en que las puertas, de lo que identificaron como un quiosco, estaban cerradas y no podrían comprar ningún souvenir
Las campanadas que llamaban a misa congregaron a los devotos fuera del recinto, en la calle lateral. Se quedaron allí como esperando a que se abriera lo que ellos entendieron como un nuevo púlpito. Tal era su expectación que la ilusión por ver a alguna eminencia, se transformó en el rumor de que el mismísimo Papa en persona iba a aparecer por allí. Los curiosos no se hicieron esperar y poco tiempo después la calle estaba atiborrada de gente. 
Una niña traviesa, o curiosa, o malcriada, o potencialmente científica, se coló entre los huecos de la multitud y abrió las puertas del armario dejando al descubierto su interior.
Algunos se santiguaron ante la visión, otros se echaron las manos a la cabeza, otros se rieron por lo bajo, otros se dieron de codazos, otros señalaban lo que había dentro con movimientos de cejas, narices, barbillas y dedos que pretendían ser disimulados. Por alguna razón, los cuchicheos dejaron de serlo y se convirtieron en verdaderas discusiones. 
Un señor mayor, de traje y sombrero gris, acercó la mano para cerrar las puertas. Rozó con las yemas uno de los tiradores de madera y, en el acto, una descarga eléctrica le produjo tal calambre que retrocedió de un salto. La multitud entera, al ver su reacción, también saltó hacia atrás en un sincronizado movimiento de masa. 
El séquito de tiranas pacatas del obispo, damas de alcurnia que se entretenían opinando sobre la moral de los demás feligreses, formaron un corrillo. Al término de su cónclave sentenciaron que aquel armario era producto de un maleficio y que la niña, inmune a su energía, debía ser la bruja que lo creó. Así fue como estas mujeres se dividieron para darle caza y hacer que pagara por su pecado. 
Pero a esas alturas de su travesura, o de su curiosidad, o de su malcriadez, o de su descubrimiento, la niña, que por cierto, era pelirroja, había desaparecido entre la multitud. 
Quizás se había ido porque tenía cosas más interesantes que hacer que quedarse a esperar a que la masa terminara de darle vueltas a algo tan absurdo como un armario empotrado en la pared de una catedral. Lo que no era tan absurdo era su contenido porque mostraba verdades verdaderas. 
Puesto que nombrar todo lo que había -y que todavía hay- dentro de aquel armario, sería un desplante para tu imaginación, dejaremos que la loca de tu casa termine de llenar ese espacio. 
La niña pelirroja lo habría querido así. Fin.

2 comentarios: