La oscuridad era angustiante. Jadeaba. No sabía dónde estaba, ni la razón por la que no podía moverse. Aquel lugar le oprimía manteniéndolo en una única postura. Tenía algo viscoso en sus ojos y sed, mucha sed. Esa oscuridad empezaba a ser desesperante, sobre todo porque el ruido de lo que hubiese fuera del diminuto espacio que le oprimía por todos lados, le golpeaba en el corazón. Se meó. Estaba aterrado.
De pronto le acertaron un golpe furioso, seco, inesperado, doloroso, en la cabeza. Al segundo siguiente, una cegadora luz le indicó una única ruta de escape al golpe, a la oscuridad, a su no poder moverse. El ruido, además de su incapacidad de ver a causa del sol y de aquella viscosidad en sus ojos, le enfurecieron. Estaba confuso, pero sabía que tenía que defenderse. Las sombras que se movían en torno suyo empezaron a picarle, a causarle daño, heridas. La sombra de luces que movía algo delante suyo le trajo un recuerdo.
La noche anterior había cenado con su esposa, con sus hijos y con toda su cuadrilla en el asador al que solían ir la noche previa a un encierro. Estaba seguro de que había estado con ellos, que todos habían coreado su llegada con un sonoro "Mataor".
Pero los aplausos y los vítores que le llegaban en ese momento no eran para él, sino para el hombre que le estaba azuzando con el capote. No lo pensó y embistió con furia contra su propio oficio, contra ese arte que defendía a capotazo y espada. Sintió su respiración muy cerca de ese otro ser que vestía un traje muy parecido al que se suponía que él iba a usar esa misma tarde. Sacudió la cabeza y un sonido crujiente le indicó que se había librado de aquel hombre. En ese momento el aceite que todavía tenía en los ojos resbaló y pudo ver cara a cara a su usurpador: era él mismo.
Intentó decir su nombre, pero sólo pudo escupir sangre. El dolor era insoportable. Su cuello ya no respondía. El punzón acababa de atravesarle el músculo y de desgarrarle los nervios. Sus patas delanteras perdieron fuerza. Él sólo quería defenderse, gritarles a todos que él era...
Ahogado con su propia saliva, se sacudió. Agitado se sentó sobre la cama. Su esposa seguía durmiendo a su lado. Se puso de pie y fue hacia su armario. Sacó su traje de luces, el que se suponía que debía usar al día siguiente. Lo quitó de la percha y, respetuosamente, le ensartó unas tijeras y lo desgarró. Aquel fue el último acto de consideración que iba a tener hacia el oficio que le había dado el sustento. La vergüenza sustituyó al orgullo que había tenido hasta entonces.
La noche en la que el matador fue capaz de ponerse en el lugar de su víctima, de sentir su sufrimiento, comprendió que la crueldad es incompatible con el arte, con la vida. La noche en la que el matador supo lo que era tener el alma rota porque eso le divertía a otros, entendió que su deber era crear tradiciones nuevas que no se ensañaran, sino que enseñaran lo que era el respeto. La noche en la que el matador decidió dejar de torturar a seres inocentes, esa noche se convirtió en un verdadero MAESTRO y empezó a crear cultura.
Muy conmovedor,...
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