jueves, 30 de junio de 2016

29. "Cadcajadaz"


En el callejón de la calle Tenebrosa se acumulaban los trastos viejos que los habitantes de la ciudad tiraban ahí cuando dejaban de usarlos. Allí, en un armario viejo, la basilisco mayor abrió una taberna a la que no puso nombre. 
Un par de ratoncillos que la noche anterior habían salido de fiesta, sin saber cómo, llegaron hasta aquel callejón. Despertaron debajo de unos cartones que estaban en medio del vertedero. Intentaron recordar lo que les había sucedido y al ver la taberna, pensaron que ahí podrían darles alguna indicación. No tenían ni idea de que en aquel lugar se reunían toda clase de serpientes. Ellas los miraron con descaro y lascivia: eran apetitosos bocadillos. 
Los ratoncillos se miraron de reojo. No sólo comprendieron el error que acababan de cometer, sino que ambos recordaron los sabios consejos de su abuelo. Entre las muchas cosas que les decía, había una que siempre creyeron que nunca iban a necesitar: "Si algún día llegáis a un nido de serpientes recordad que es muy probable que un basilisco ande cerca. Si sois astutos, podréis escapar de las serpientes, pero tendréis que ser más que eso para escapar de la mirada asesina y del aliento venenoso del basilisco". 
─No debemos tener miedo... ─Dijo uno al tiempo que sus dientecillos no paraban de castañear.
─Será mejor que nos vayamos de aquí. ─Susurró el otro dando un paso hacia atrás, hacia el agujero por el que entraron.
Las víboras, culebras, cobras y boas abrieron sus bocas en un multitudinario contagio de bostezos. Para suerte de los pequeños ratoncillos, ellas se habían hartado de comer y de beber en la taberna. Se dieron cuenta de que ellas estaban tan llenas y alcoholizadas que no iban a perseguirlos. Retrocedieron y cuando estaban a punto de salir, sintieron un aleteo que provenía de fuera. Rápidamente se escondieron tras unas latas que estaban al lado. Taparon sus hocicos con sus pañuelos fiesteros y se quedaron muy quietos. 
La basilisco mayor entró muy oronda. Tenía un alcornoque por corona y un sacacorchos por cetro que hacía las veces de bastón. Arrastraba una botella de vino que tenía enrollada en su cola. Y en su pico llevaba un silbato que, según entró por el agujero, empezó a soplar. Era hora de despertar al personal y de empezar una nueva ronda. La criatura abría las alas de tanto en tanto, como si con ello se ayudara a mantener el equilibrio. Los ratoncitos se dieron cuenta que al igual que sus compañeras, también estaba ebria. Era tal el ruido que estaba provocando que las serpientes se estaban desperezando, o eso les pareció. Sin necesidad de hablarse convinieron en un plan. En cuanto la base de la botella terminó de entrar, ellos salieron disparados. Sin mirar hacia atrás esquivaron todo lo que encontraron en su carrera hacia el inicio del callejón. Una vez que entraron en la calle Tenebrosa, miraron a un lado y a otro. No tardaron en orientarse y en correr hacia el norte, hacia su calle del centro, hacia la tubería por la que se metían al sótano de la chocolatería que era su hogar. Cuando por fin fueron capaces de respirar tranquilos, uno de ellos trajo un par de bombones. Estaban hambrientos.
─Creo que lo nuestro es meternos en aventuras que más se parecen a problemas.
─Edza medednoz egn advendudaz de báz ze badezen a bdobdemaz. Do doz vodzvedá a ocudidz adgo azí ─Contestó el otro con el dulce derritiéndose pegado a su paladar.
─¿Ghé? ─Preguntó el primero anonadado, luego de meterse el bombón a la boca.
─Didgo ghe edza... edza, no ez...
Ya no siguieron hablando. Se entenderían luego, después de que superaran el ataque de risa que les entró por la tontería.






No hay comentarios:

Publicar un comentario