Los excursionistas, perdidos en el frío de la montaña, arrastraban un cencerro.
Lo llevaban a modo de campanilla, para comunicarse con quienes suponían que vendrían a su rescate.
Era lo único que rescataron del campamento.
Lo abandonaron todo, incluyendo a sus abrigos. Caminaban uno pegado al otro para darse calor.
Seguían asustados por la visión que tuvieron sobre esa especie de armario que se abrió ante ellos y que quiso absorberles.
Llegaron a la mitad del bosque y no pudieron más.
Sólo uno consiguió escapar, pedir ayuda... Pero fue demasiado tarde.
Los cuerpos formaban una única escultura de personas mirando tranquilamente hacia el cielo. Estaba esculpida en una pidra verdosa y cubierta por una capa de hielo que, curiosamente, conservaba sus facciones al detalle. El único superviviente pudo reconocer a cada uno de sus compañeros.
En aquella montaña, muchos años después de aquel suceso, los excursionistas siguen escuchando los pasos de aquella cuadrilla. Saben que son ellos por el sonido del cencerro. Pero cuando lo oyen, son conscientes de que deben ponerse a cubierto, esconderse en los árboles, a los lados del sendero.
Entonces, petrificados, escuchan los ecos de la leyenda: el vibrante sonido de una luz verdosa que desde las alturas rastrea el terreno en busca de nuevos especímenes para experimentación.
Ahora puedes creer lo que quieras, esta sólo es una advertencia.
Por eso yo estoy recluida, a salvo de esos verdes ojones y con piel de sapo.
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