jueves, 10 de noviembre de 2016

162. Singazapa

'Singazapa' era un entrometido de tres pares de narices. 

Le decían así por su descarada desfachatez y no por su prominente nariz, que era lo que él creía pues, en su pueblo, ese era el significado de su apodo.

Él caminaba lentamente con ayuda de su bastón. Recorría las calles desde su casa hasta la casona del centro, un lugar abierto al público y que, en su interior, tenía un café, jardines, una biblioteca y un salón de juegos. En el camino iba haciendo pequeñas paradas, apoyándose en bancas, farolas, paredes, puertas, escalinatas, alguna silla en el café, algún armario del salón, alguna estantería de la biblioteca... Pero no era descanso lo que buscaba; eso sólo lo pensaban quienes no le conocían de verdad. 

Como hemos dicho, Singazapa era un entrometido, un sinvergüenza que iba buscando gente a la cual arrimarse, conversaciones que pudiera escuchar, lástima que pudiera recoger y algún que otro favor que su falsa cojera pudiera otorgarle.

Siempre procuraba conseguir “algo más”. Así, los chismes que recogía le servían para entretener a sus conocidos además de sacarles alguna invitación a lo que fuera, o como moneda de cambio con aquellos que pudieran estar interesados en la información.

Aquel era su modo de vida; mejor dicho su forma de sobrellevar su existencia, entre otras cosas, porque no se había tomado la molestia de mirar hacia su interior, de hablar consigo mismo, de procurarse el bien e irradiarlo hacia los demás.

Un buen día Singazapa desapareció del pueblo y nadie, lo que se dice nadie, le echó en falta. 

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