El chirriclés estaba completamente enamorado de ella.
Cada mañana, casi a la misma hora, él se subía al armario del cuarto de costura empezaba a cantar el "cucurrucucú".
En cuanto cruzaba la puerta que daba al patio, ella escuchaba el saludo matutino del lorito y se unía a su canto.
Entonces le nacía la sonrisa que tendría durante el resto del día, aunque su jornada se convirtiera en un no parar.
La complicidad entre ella y el pequeño plumífero duró lo que dura la eternidad: en ese patio todavía se puede escuchar sus melodías.
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