domingo, 13 de noviembre de 2016

165. Saludable afecto

La triste Tristeza tocaba su puerta y parecía estar ansiosa por entrar. 

La Ternura, que siempre era acogedora, sintió el impulso de abrir inmediatamente, pero se detuvo. 

Buscó un papel, un boli, garabateó una pregunta, abrió la puerta y entregó a la Tristeza la nota junto con el bolígrafo. Cerró la puerta y esperó.

Al cabo de un rato -porque la Tristeza se tomó su tiempo lento-, la nota volvió de vuelta por debajo de la puerta. 

La Ternura leyó la nota, fue a su armario y sacó un abrigo rojo. 

De vuelta, abrió la puerta y mirando directamente a los ojos de la Tristeza, le dijo:

—Ten. Es lo único que tengo que es de tu talla.

La Tristeza hizo un gesto de decepción. Con esa misma actitud se puso el abrigo y se fue sin decir nada, ni gracias.

La Ternura se sintió un poco cruel, casi casi culpable...

El abrigo era del Coraje. 

En cuanto él se lo viera puesto a la Tristeza, la iba a meter tanta caña que la mantendría ocupada durante una buena temporada, quizás tanto que olvidaría lo triste que estaba. 

Pero, borró la culpa de su ceño porque en realidad, acababa de hacer exactamente lo que le pidió la Tristeza.

En la contestación a ese "¿qué puedo hacer por ti?", la Tristeza le escribió que tenía frío y que necesitaba un poco de atención.

Tal y como lo veía la Ternura, acababa de ayudarla a cubrir ambas carencias ¿o no?

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