La muñeca rota tenía ganas de bailar un foxtrot pero no tenía con quien hacerlo.
Fue a buscar un compañero en la cesta de los balones pero se agobió porque todos empezaron a hacerle la pelota y no le dejaron plantear su propuesta.
Lo intentó con el pato de goma del baño pero él estaba más interesado en mirar algo que estaba detrás de ella. Por más que intentó ponerse delante suyo, el muy cretino se las apañaba para esquivarla. Al final no le dijo nada.
Se dirigió a la figurilla de cerámica que estaba en la repisa, pero el payaso de la sonrisa inquietante la miró de tal modo que se alejó de él.
Algo descorazonada regresó a su armario pero lo hizo usando la otra puerta.
En cuanto entró se encontró con otra muñeca rota con la que alguna vez compartió algún juego.
Hablaron de los viejos tiempos, de las tacitas de té; de la música que la tía abuela les ponía durante las meriendas de a mentirijillas. Recordaron los peinados que la niña les hacía cuando dejó de ser una niña. Que desde entonces las mantenía arrinconadas, olvidadas y que las sacaba únicamente con propósitos experimentales. O para desfogarse con ellas en sus arranques histérico-adolescentes.
También hablaron de sus roturas, de su sentirse incompletas y de lo bien que se encontraban estando en esa mutua compañía.
Una sacó agujas e hilos, la otra consiguió pegamento y pintura, y así, entre charla y charla, empezaron a recomponerse.
Y suelen bailar juntas el foxtrot, el swing y el charlestón.
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