Esa mañana la maestra no tenía ganas de despertar.
Abrió un ojo y miró la
hora en su móvil: las seis menos cuarto. Quería dormir un poco más e iba a
hacerlo, pero una enanita salió gruñendo de debajo de la cama y se metió dentro
del armario. La visión alejó a su pereza de sí misma, se puso en pie y fue
detrás de la pequeña renegona. Intentó abrir las puertas del mueble, pero algo,
desde dentro, se lo impidió.
—¡Déjame tranquila! ¡Vuelve a dormir si quieres! —Protestó la vocecilla que
sonaba a pito.
—¿Quién eres? —Preguntó la maestra intentando mantener la tranquilidad.
—Si te hubieses levantado cuando sonó el despertador estaría contenta.
Tenía muchas ganas de ir a la escuela contigo. ¡Pero te conozco! ¡Ahora te vas
a quedar dormida y no iremos, no! —Ese “no” sonó al “jum” de un puchero que
está a punto de estallar en llanto.
—Pero ya estoy despierta y puedes ir conmigo a la escuela. Seguramente que
mis peques van a estar muy felices por conocerte. Les gustará
enseñarte sus libros y podrás jugar con todos, si es que te gusta jugar, claro.
Pero tendrás que decirme tu nombre para poder presentarte...
—Si te digo mi nombre, ¿me prometes que vas a despertar y a llevarme contigo a clase?
—Te lo prometo.
—Está bien. Soy Voluntad. Tu Voluntad...
La maestra se dio cuenta de que acababa de prometer que iba a despertar.
Entonces miró su cama y se vio a sí misma que seguía durmiendo.
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