viernes, 25 de noviembre de 2016

177. Tres momentos

El primero ocurrió en alguna hora muy temprana, puede que a las ocho y media. 
Las prisas propias de esa hora le impidieron escuchar los suaves golpes que provenían de algún lugar de la habitación. 
Lo último que hizo antes de marchar de casa rumbo al trabajo fue llenar -con pienso y agua- los dos cuencos del gato.

El segundo sucedió justo antes de la hora y media que tiene para comer. 
Suele quedar con un par de compañeras en el bar que está cruzando la calle. 
Pero en aquella ocasión decidió volver a casa, porque tuvo una sensación repentina: sentía que se había olvidado de algo.

El tercer momento le llegó por la noche como un flash.  
Ya estaba en pijama, metida en la cama, leyendo un libro. El gordinflas de su gato estaba echado en su regazo. Ronroneaba intensamente después de su felino día de meditación. 

Ella estaba pensando en ponerlo a dieta porque cuando volvió al mediodía, lo encontró panza arriba en el sofá. Y cuando ella entró en la cocina, el gato se sentó llorando junto a su cuenco vacío, como pidiéndole más. 
Tenía todo esto en mente cuando unos suaves golpes la despertaron de su ensimismamiento. 
El sonido provenía del armario. Lo abrió. Entonces ocurrió...
Un destello de luz y un fuerte viento hizo que retrocediera hasta que cayó encima de su cama. 
Entonces el gato se metió entre sus piernas, se volvió enorme, gigantesco y entró de un salto al mundo que se abrió dentro del armario. 
Ella, sentada en el cuello del felino y aferrada a su pelaje, se olvidó de todo y disfrutó del aire fresco que golpeaba su rostro. 
Y en aquel lugar multicolor, durante el tiempo que durara aquel inesperado viaje, ella fue feliz...

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