Madre e hija surcaban un sueño.
Navegaban sentadas dentro de un armario sin puertas que tenía remos de abedul.
En la lejana orilla, unas criaturas monstruosas se contorneaban de tal manera que ellas, lejos de asustarse por su presncia, se echaron a reir. Las criaturas siguieron bailando -porque eso era lo que estaban haciendo- mientras les decían 'adiós' con sus garras.
Apareció un águila que llevaba en su espalada a tres gatitos: uno gris, uno blanco y uno negro. Se sobresaltaron al pensar que los pequeños caerían, pero el águila los llevó hasta donde estaban ellas y saltaron a sus regazos. De inmediato sacaron un cajón del armario y los pusieron dentro. Los tres se enroscaron y se quedaron dormidos. Ellas, más tranquilas, volvieron a remar, cada una con un remo, de un lado y del otro, y en la misma dirección.
La madre miró hacia atrás.
Un detalle en la estela de espuma que estaban dejando a su paso le hizo sospechar que... ¡No! Aquello en lo que estaba pensando era casi imposible. Dejó de darle vueltas a esto cuando llegaron al punto en el que el sueño desembocaba en un océano de calma. Dejaron los remos a un lado y sacaron los pies fuera del armario.
Disfrutaron con la espuma haciéndoles cosquillas en las plantas de los pies, mientras contemplaban la puesta del sol. En aquel horizonte el futuro se pintaba brillante, sólo tenían que seguir remando. No era muy difícil, incluso podría ser que les resultara divertido.
La madre, con los pies todavía metidos en el sueño, confirmó sus sospechas: habían logrado llegar hasta ese punto remando a contracorriente.
La hija, como adivinando sus pensamientos, le sonrió.
Y siguieron remando...
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