La ranita atolondrada saltaba de armario en armario.
En la mueblería tenían todo tipo de armarios: para la concentración fugaz, para las emociones fuertes, para las percepciones extra sensoriales, para la memoria eidética, para el conocimiento intuitivo...
El abuelo búho, con sus gafas a medio pico, la observaba atentamente mientras leía su periódico y hacía anotaciones en él.
—Abuelo, ¿por qué existe un armario para el olvido? A mí no me gusta olvidarme de las cosas. —Preguntó la pequeña ranita haciendo una pausa a sus saltos para atender un poco mejor a la respuesta del abuelo búho.
—¿Tú sueñas? —Preguntó el búho ajustándose las gafas al pico.
—Claro, como todos.
—Te gustará saber que cuando sueñas visitas otras vidas que tienes en otros mundos y que están ocurriendo, que ya ocurrieron y que ocurrirán, todo esto a la vez. Ahora bien, si fueras capaz de recordar todas y cada una de esas vidas, te volverías un poco más loca de lo que ya estás. ¿Comprendes?
La ranita miró al abuelo con expresión de asombro y luego de pensar un poco siguió:
—Es decir que si olvido hacer mis deberes, no es que lo olvidara yo, sino que... ¿Es mi otro yo que vive en otro mundo que me ha soñado y por eso ha tenido que olvidar que debía hacer mis deberes?
—Creo que tú comprendes lo que te conviene comprender...
El abuelo búho dejó el periódico en su mesa y sobre él, sus gafas y el bolígrafo.
En una esquina del periódico acababa de dibujar a una niña con boina y mandil que estaba sentada en un pupitre, completamente atenta a lo que decía su maestra con gafas a media nariz. En los ojos de la niña dibujó el reflejo de la ranita saltarina.
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