En la residencia era una persona muy querida.
Los abuelos, pero sobre todo las abuelas, la consideraban como una profesional muy dedicada. Siempre tenía una sonrisa, un buen gesto y buenas palabras. Las veces en las que se mostraba mucho más preocupada era cuando alguno de los residentes fallecía; entonces derrochaba ternura con quienes le habían sido más cercanos. En general se la veía muy paciente, sobre todo con quienes tenían un carácter, digamos, un poco más difícil.
La única persona que lograba hacer que torciera el gesto era una mujer que sólo era desagradable con ella, pues con el resto de las enfermeras no tenía esa actitud.
Y es que esta señora, que era una aficionada a las novelas de misterio, tenía algunas sospechas sobre la enfermera en cuestión. Las muertes de sus compañeros las tenía como atravesadas con una espina que no dejaba de dar vueltas en su cabeza. Aunque todos tenían sus respectivos achaques, estaban siendo controlados, recibían una excelente atención y tenían una muy buena calidad de vida. Además, 'coincidentemente', todos murieron durante la noche, las veces que a esta enfermera le tocaba estar de guardia. Y esto sin contar con que la primera impresión que tuvo esta señora cuando conoció a la enfermera fue que no debía fiarse de ella. Había algo en su amabilidad que le resultaba falso. No, no le gustaba.
La noche en la que todo acabó, la abuela se había retirado a dormir mucho antes de lo habitual. Algo no le había sentado bien durante la cena. Se disculpó con sus compañeros de mesa y fue a su habitación. Aunque se había preparado mentalmente por si ocurría, no pudo evitar que el terror recorriera su cuerpo cuando sintió que alguien le cubría la cara con una almohada, dejándola sin respiración. El estallido del disparo terminó por sacudirla. Se sentó sin esfuerzo y en su primera bocanada de aire, también respiró el olor a pólvora. El golpe seco del cuerpo sobre el suelo la hizo reaccionar. Gritó y gritó hasta que unas enfermeras entraron y encendieron la luz.
Entonces vieron a la enfermera inmóvil, tendida sobre un charco de sangre.
La abuela, en cuanto empezó a sentirse mal, le dio por pensar que en la comida le pusieron alguna sustancia extraña. Por eso salió del comedor, para ir directamente al baño de su habitación. Allí vomitó todo dentro de un frasco de vidrio, el más grande que pudo conseguir. Sacó esa idea de una de sus novelas negras. Una vez hecho esto y sintiéndose mejor, lo tuvo claro. Buscó el arma que su difunto marido le regaló y nadie sabía que tenía guardada en su armario. Ya sólo tenía que esperar despierta, muy despierta. Y esperó.
Los investigadores no dudaron de su palabra, ni de las pruebas que fueron apareciendo durante la investigación acerca de aquella enfermera a la que apodaron 'el ángel negro'.
La historia de la vida de esta asesina de ancianos da para toda una novela. Y es la abuela quien la está escribiendo...
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