Los recién casados iban a estrenar vida nueva en un no tan nuevo lugar. Uno de ellos -no diremos cuál para preservar el anonimato de la pareja- había heredado la casita de la colina. La remodelaron con los ahorros de ambos y quedó lista justo a tiempo. Pasaron sus cosas una semana antes de la boda y decidieron esperar para entrar a vivir en ella después de la luna de miel.
A la vuelta del viaje les esperaba la rutina y los nuevos hábitos que les inspiraba su nuevo hogar. Toda esa actividad los mantuvo ocupados durante unos días. Casi no tuvieron ningún problema para organizarse con las tareas de la casa, sobre todo porque estaban fuera la mayor parte del tiempo.
Una de esas noches, la esposa, la llamaremos Adela, llegó pronto a casa. Había recibido un paquete en su oficina y estaba ansiosa por verlo. Quería esperar a su esposo, lo llamaremos Bernardo, para abrirlo, pero pudo más su curiosidad. Sabía de sobra lo que era, pero le hacía mucha ilusión ver como había quedado su álbum de boda. El papel kraft que envolvía la caja tenía un sello de cera en el que ponía las iniciales de la empresa: "A.B.P." -este es un detalle que en realidad no aporta demasiado a nuestra historia, aunque trajo de cabeza a los investigadores hasta que cerraron el caso-.
Cuando sacó el álbum, Adela se quedó maravillada. Era una virguería, una verdadera obra de arte. Iba a disfrutar el momento. Abrió una botella de vino blanco, se sirvió una copa y subió a la habitación. Su rincón de leer estaba junto al armario. Colocó la copa en la mesita, encendió la lámpara de ese espacio, se acomodó en el sofá con una manta y abrió el álbum sobre su regazo. Las fotos eran impresionantes y estaban tan bien... Ella misma no hubiese podido describir sus sensaciones con una palabra, salvo que se sentía feliz, muy feliz.
Estaba tan entusiasmada que la primera vez que el frío pasó por su costado, sólo atinó a acurrucarse más en su manta, a beber un sorbo del vino y a seguir devorando las fotos, las escenas, la compañía de aquel inolvidable día. Pero no pudo ignorar la segunda vez que el frío pasó por su lado porque una voz acompañó aquella sensación: «Ya es tarde, demasiado tarde». El estremecimiento la obligó a cerrar el libro de golpe. No se puso en pie, no sólo porque se enredó en la manta, sino porque las piernas empezaron a temblarle. El libro, como si tuviera memoria, se abrió de golpe en las mismas páginas en las que se había quedado. Las figuras empezaron a bailar delante de ella, a moverse como si estuviera viendo un vídeo en lugar de unas fotos impresas en los mismos folios que componían aquel recuerdo. Y las personas que estaba viendo, su familia, sus amigos, ella y su esposo, empezaron a sangrar por los ojos. Los trajes, los vestidos, los manteles, los platos, todo empezó a llenarse de sangre. Era tanta la sangre que empezó a brotar a través de las páginas. Manchó sus manos, la manta, el sofá... Y ella no podía moverse, ni gritar. Escuchó la puerta de la calle. Tenía que ser él, Bernardo. Tenía que avisarle, decirle que no subiera o sí, que lo hiciera, que la sacara de allí. Pero él tenía la costumbre de llamarla en cuanto cerraba la puerta tras de sí y no lo había escuchado. Quizás también era tarde, demasiado tarde para él y el frío ya le habría dado el encuentro.
Los investigadores cerraron el caso sin encontrar a ningún culpable. No les fue posible acusar de asesinato a ninguno de sus sospechosos. La sangre de la habitación y la que había en la entrada era suficiente como para tener indicios de que habían asesinado a dos personas, pero no encontraron ningún cadáver.
Y el etéreo ser sigue vagando por aquella casa.
Es su hogar, su dulce hogar.
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