«Illurro»
Así es como se hacía llamar el asesino en serie que traía de cabeza a más de una jefatura de policías.
Fue casi una casualidad que los criminalistas se dieran cuenta de las marcas que dejaba a sus víctimas en las plantas de los pies.
Eran líneas rectas, hechas con un cúter. Aunque no estaban del todo de acuerdo en que esas líneas formaban esa palabra, los cortes que hacía de una piel a otra eran idénticos.
Antes de establecer esa relación y determinar que esa era su firma, encontraron dos detalles que relacionaba a los cadáveres entre sí: que todos aparecían dentro del armario de sus propias habitaciones y que a todos, fuesen hombres o mujeres, jóvenes o mayores, les faltaba una costilla flotante y el respectivo trozo de piel.
Si los investigadores se hubieran tomado la molestia de descubrir el significado de su firma y la procedencia de esta palabra, habrían salvado más vidas de las que podían imaginar.
Al asesino le gustaba viajar casi tanto como matar. Lo que él buscaba era deleitar su paladar con la
variedad.
Porque en el lugar del que procedía este asesino, un “illurro” es “aquel al que le gusta la carne”. Nadie podrá saber cuántas costillas humanas guarda la memoria de su paladar desde que salió de su selva natal.
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