sábado, 27 de agosto de 2016

87. Tosquedad

La feria ambulante del 'No va más' iba de pueblo en pueblo llevando las últimas novedades en 'ingeniería amorosa'. 

Los 'especialistas' anunciaban, con mucha pompa y estruendo, los más disparatados inventos en la materia. 

Ese año, entre lo último de lo último estaban 'los embellecedores con aromas de atracción y filtro solar' (un todo en uno), una aplicación para móviles destinada a asegurar la confianza en el objeto amado (de descarga gratuita) y una máquina-armario generadora de aforismos destinados a la resolución de conflictos (de momento sólo funcionaba con relaciones del 'para siempre jamás').

La viajera del espacio-tiempo volvía de su retiro en la Montaña del Arrepentimiento cuando se cruzó con esta feria instalada en la plaza del pueblo que estaba en la ladera. 

Una mezcla de curiosidad y diversión la llevó a pasear entre los puestos que tan animadamente ofrecían sus infalibles productos. 

No pudo evitar acercarse a un puesto atendido por un vendedor de semblante adusto. 

Él ofrecía unas cajas de madera de diferentes tamaños que aparentemente no tenían nada que ver con la temática del evento -de ahí la curiosidad de la viajera-. 

En el puesto no había mayor información sobre el producto (como panfletos, algún cartel o alguien que pregonara sus cualidades). 

—¿Cuál es la propiedad de estas cajas? —Preguntó la viajera tratando de mostrarse respetuosa. 

Todo lo que llevaba visto durante su recorrido por los puestos eran productos creados para confundir a las personas. 
Nada de todo eso servía para desarrollar las capacidades de dar y recibir amor. Nada.

—¿No lo ve? Son cajas hechas a mano. Han sido pulidas sin demasiado esmero y mantienen el color de la madera que proviene del sacrificio de un árbol. Lo talé yo mismo ¿sabe? Pero nadie verá la aflicción que esa acción, con el tiempo, supuso para mí. Estupideces de juventud. Tenía la idea de 'hacerme rico' vendiendo estas cajas, pero a nadie le interesó 'mi arte'. No soy ebanista, ni nada parecido. Sólo tenía una idea fija, la de hacerme rico y ya ve. Llevo años tratando de vender estas cajas tal y como están. Más de uno ha intentado enseñarme métodos de venta. Más de una me ha dado ideas para decorarlas. A estas alturas sé que no encontraré la riqueza material vendiendo estas cajas. Lo que yo hago aquí es pagar con, si se quiere, mi humillación, con mi fracaso, la vida de aquel árbol. No puedo quejarme, los demás feriantes siempre me ofrecen algún trabajo y con eso puedo cubrir mis gastos. Esas cajas, tal y como están, es lo único que tengo para devolver a este mundo. No son un artículo de moda, ni ningún invento de ingeniería amorosa. Son lo que son y no hay más que eso.

El hombre dejó de hablar y clavó la mirada en el suelo.

—¿Sabe lo que yo veo? —Dijo la viajera mientras acariciaba la tosquedad de una de esas cajas y sin dejar de hacerlo, continuó:— En todo lo que me ha dicho sólo puedo intuir que no todo está perdido. Me iré con la esperanza de que siempre puede encontrarse algo auténtico entre el ruido. Estas cajas podrían inspirar a muchas personas a sentir y expresar la más poderosa de las energías. Me llevaré esta misma, será para mi madre...

La viajera del espacio-tiempo buscó su saquillo de terciopelo, donde guardaba unas monedas de plata y alguna piedra preciosa.

Pero el vendedor -que no lo era de igual modo que tampoco era ebanista- en lugar de cobrarle la caja, le regaló dos, una para su madre y otra para ella. 

Según le dijo él, se sentía bien pagado porque alguien tuvo a bien escuchar a su afligido corazón. 

Este gesto de aprecio, de reconocerse como persona en la mirada extraña, le devolvió la sonrisa. 

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