martes, 9 de agosto de 2016

69. La meta

El rey Reilón tenía un prominente barrigón. 

Estaba estresado de tanto comer en los banquetes, de tanto beber en los cócteles, de tanto bailar en los bailes y de tanto hablar en los mítines. 
Como sus súbditos, que lo pasaban pipa en su compañía, no le dejaban ni un minuto en paz, un buen día se declaró en huelga y en un arrebato se encerró en el salón de los trofeos. 
Quería tiempo para pensar en lo que estaba haciendo y dejando de hacer por esa cuestión de ser rey. 
Con las manos tras la espalda, empezó a dar paseos de ida y vuelta por toda la habitación, dejando que su mente volara más rápido que los pasos que daban sus pies. 
Estaba tratando de tener una idea que iniciara una línea de pensamiento cuando, sin quererlo, se detuvo frente al armario de sus medallas de deportista. Entonces recordó una época en la que corría, nadaba y escalaba porque le gustaba correr, nadar y escalar. Ninguna de esas medallas eran premios por haber llegado tercero, segundo o primero; tan sólo eran recordatorios de que había participado en cientos de eventos por la única razón de pasarlo bien. Las competiciones vinieron después: el que hablaba mejor, el que bailaba con mejor ritmo, el que bebía más rápido, el que comía sin parar... Y así con todo. 
Al ver todo eso desde aquel encierro se dio cuenta de que las competencias eran absurdas. 
¡Si es que le habían elegido como rey porque era el más reilón de todos! 
Su jocosidad divertía a sus súbditos y a ellos no les importaba que él fuera o dejara de ser feliz. 
Volvió a mirar su prominente barriga en el espejo y ajustándose el cinturón, decidió renunciar al trono y buscarse un trabajo que fuera mucho más importante que aquel. Tomó las riendas de su vida con seriedad y apostó por su felicidad. 

Se hizo agricultor y descubrió el gusto de consumir los productos de su trabajo. Lo hacía sin excesos, lo justo para saciar el hambre. Lo demás lo compartía con los viajeros que se perdían en su escondite. Ninguno se quedaba con él por mucho tiempo, pero el suficiente para desviar sus rutas. Ninguno acabó en su ex reino de los seguidores, aunque, cabe aclarar, que nunca les contó nada en contra. No lo hizo, en parte, porque dejó de hablar. Se comunicaba lo justo y necesario y lo hacía por gestos. 
Los viajeros pensaban que era mudo, pero eso a él le daba igual. 
Eso sí, dejaría de hablar pero empezó a escribir. Y también regalaba a sus visitantes algunos de sus cuentos cortos, con los que etiquetaba el vino que producía en sus ratos de estar completamente solo.
Por supuesto, nunca dejó de bailar, lo hacía especialmente mientras regaba las alcachofas. 
En aquel lugar volvió a correr, a nadar y a escalar. Lo hacía por el puro gusto de sentirse libre, feliz. Casi sin darse cuenta bajó todo el barrigón. Entonces se vio en la obligación de aprender a coser, algo a lo que pronto le cogió el gustillo, pero eso es algo que quizás nos contará en otra ocasión. Por las dudas, fíjate en las etiquetas de los vinos, puede que encuentres uno de sus cuentos y que te de la correspondiente explicación.

Por cierto, sus ex-súbditos lo siguen buscando para que les cuente el secreto de su felicidad. Quieren nombrarlo su gurú de moda. 

Por favor, no les cuentes dónde acabas de verle...

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