El escultor la vio en un tren, cuando volvía a la escuela de bellas artes, después
de las vacaciones de fin de año. Ella estaba leyendo un libro que debía de ser
divertido. Parecía ser tímida porque cada vez que se reía, escondía su rostro
entre las páginas. Ese detalle llamó su atención y fue lo que hizo que sacara
su libreta de apuntes. Mientras bosquejaba, le dio por elaborar algunas teorías
sobre su inesperada modelo.
Ambos debían de tener la misma edad, por lo que ella también podía ser
estudiante y vivir cerca. No tenía anillos, ni otros accesorios más que unas
gafas de sol que llevaba sobre la cabeza. Vestía con sencillez aunque tenía un
punto de elegancia que él no terminaba de descifrar.
El sol invernal estaba por ponerse. Ella cerró el libro, lo puso sobre su
regazo y apoyó la cabeza contra la ventana. Sonreía como si sus pensamientos
siguieran dándole vueltas a la lectura, mientras los últimos rayos rojizos la
obligaron a cerrar los ojos. Él se apresuró en pasar la página y empezar un
nuevo esbozo que acabó antes de que cayera la noche.
El nieto, ya mayor, encontró aquella libreta mientras desmontaba el estudio
en el taller de su abuelo, el artista. Estaba en un armario junto con otros
documentos que daban cuenta de todas las observaciones que había hecho en torno
a la desconocida del tren. Aquellos bocetos y apuntes fueron el trabajo previo
a la escultura que ocupó los últimos veinticinco años de su vida, justo antes
de enfermar, y que estaba considerada como su obra cumbre.
La figura de mármol daba la impresión de estar por cobrar vida, hablar,
ponerse en pie y caminar. El nieto veía en cada detalle de la piedra tallada a
su abuela… No fue capaz de detenerse y darse cuenta de que ningún dibujo o
escrito sobre la modelo de la pieza tenían algo que ver con la madre de su
padre. Tuvo en sus manos la evidencia de que la tímida sonrisa pétrea guardaba
un oscuro secreto.
Ocurrió en un momento. La modelo bajó del tren dos pueblos antes de llegar
a la Ciudad Universitaria. La obsesión se apoderó del artista y bajó tras ella en
aquel lúgubre apeadero. La siguió como si él fuera una sombra, cegado por la
idea de congelar su belleza en el tiempo.
Si el nieto hubiese analizado cada garabato, cada trozo de papel… Si
hubiera juntado todo como si se tratara de las piezas de un rompecabezas,
habría entendido que la demencia no fue lo que atormentó a su abuelo durante
sus últimos años.
Cada noche, desde que el artista dio el último golpe con el cincel, la estatua cobraba vida en la penumbra del taller y, sonriente, perseguía a su creador para reclamarle por haber segado su vida.
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