domingo, 7 de agosto de 2016

67. Origen

El perfume de aquella selva entraba primero por los poros y luego por el olfato. Esto se debía a que el calor golpeaba sin piedad a los forasteros como si fuera un ritual de iniciación. El aroma de aquella selva penetraba en sus cuerpos sin que se dieran cuenta, entre otras cosas, porque a causa de aquella primera impresión, dejaban de respirar. Luego, y de manera más amigable, la selva seducía los olfatos con su mixtura de fragancias. 
Ella añoraba esa selva, aunque en realidad nunca había puesto un pie en aquella tierra arcillosa. 
La conocía por los relatos que entremezclaban las vidas de sus parientes lejanos y cercanos. Según sus cuentas se trataba de, por lo menos, unas mil personas. 

Una de esas historias contaba del modo en que uno de sus tíos, o abuelos (no tenía claro cuál era el hilo de sus personajes) se había perdido cuando navegaba en una canoa por la vertiente de un río. Se cuenta que él desembarcó para pasar la noche. Mientras hacía un pequeño fuego, una criatura humanoide se acercó. Lo miró directamente a los ojos y, sin mediar palabra, le dio de beber de una especie de cantimplora hecha de una liana. No pudo negarse porque estaba como hipnotizado por una mirada tan oscura como pacífica. Lo siguiente que supo fue que despertó muy temprano. Sin perder tiempo, devolvió la canoa al río. No sólo no tuvo dificultad en encontrar la ruta correcta, sino que remó el largo trayecto sin cansarse. 
Al volver a su casa, su suegra, que sabía algunos secretos del monte, le dijo que se le había metido un olor distinto en el cuerpo y que era mejor que fuera al médico porque a ella no le iba a creer. Así lo hizo. No mencionó nada acerca del encuentro con aquel ser, ni a su suegra, ni al médico. 
El hombre de ciencia, asombrado, le obligó a hacer todas las pruebas a su corazón que existían en la época. No encontraron rastro del soplo que, poco tiempo atrás, le había diagnosticado. 
El médico separó su historia clínica y la guardó en una gaveta oculta del armario que tenía en la consulta.

Cada vez faltaba menos para que ella fuera a visitar el lugar de sus raíces. Tenía muchas ganas de zambullirse en los secretos de esa selva de la que, en ocasiones, podía oler a través de sus poros.  

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