sábado, 3 de septiembre de 2016

94. Segundos que caen

El cuentagotas marca cada segundo de su permanencia entre esas cuatro paredes. No le ha contado a nadie que es capaz de escuchar la caída de cada una de las gotas del veneno que la deja hecha añicos. A veces piensa que en ese encierro está sola, que nadie sabe lo que llega a sentir, a soportar. Pero suele apartar esas ideas de su presente porque algo en su interior le dice que no es cierto, que no está sola, que más de uno se cambiaría por ella sin dudarlo. Ella sospecha que esos pequeños respiros que a veces tiene se dan porque alguien, en algún lugar, logra hacer esa metamorfosis y cargar, aunque sólo sea por un momento, con aquel peso, sobre todo cuando éste se vuelve abrumador. Y sus sospechas no carecen de fundamento pues más de una persona, desde su imaginación y sus sueños, ha logrado conectar con el éter llevándole una buena porción de fortaleza cada vez que van a visitarla desde dentro. Saben que su vida está comprometida con todas las vidas que la rodean. Por eso no van a dejar de estar allí, a su lado. 
Al ver el cuentagotas desde su cama, sabe que ese líquido también lleva el amor de toda esa tropa de guerreros que viaja atravesando el espacio y el tiempo para estar con ella... No le ha contado a nadie que es capaz de ver sus rostros como si estuvieran esculpidos y encapsulados dentro de cada una de las gotas del veneno. Esa tropa que no la deja, ni la dejará nunca. Son su antídoto. Le divierte sorprenderles con su sonrisa. ¿Cómo no va a sonreír si sabe lo que cada uno es capaz hacer?
Sus pestañas le pesan mientras ve las gotas caer. 
Así, entre sueños, escucha que la puerta del armario se abre. 
Unos elfos la ayudan a incorporarse mientras que unas hadas cubren a su madre que duerme a su lado. Los conoce de sobra porque siempre van a buscarla para llevarla a una de sus fiestas...

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